Bitácora

El Hospital de los Venerables – La herencia de dos mecenas: Justino de Neve y Javier Benjumea

El Hospital de los Venerables lo fundó el canónigo Justino de Neve(Sevilla, 1625 – Sevilla, 1685)  para el cuidado de sacerdotes ancianos e impedidos. Era hijo de una rica familia de mercaderes flamencos; ayudó a artistas como Murillo y costeó obras como la de Santa María la Blanca o la de este Hospital. Gracias a Javier Benjumea, desde 1987 es sede de la Fundación Focus-Abengoa, institución fundamental para la cultura sevillana.

La construcción la comenzó en 1676 Juan Domínguez y la continuó, hasta su conclusión en 1698, Leonardo de Figueroa. El edificio se articula alrededor del patio central; en uno de sus costados se abre la iglesia. De una sola nave, destacan en ella los frescos que cubren sus paredes. Iniciados por Juan de Valdés Leal en la bóveda del presbiterio, los concluyó su hijo Lucas Valdés. La iglesia se decoraba con pinturas de Murillo, que fueron robadas en 1810 por el mariscal Soult, como la Inmaculada de los Venerables, hoy en el museo del Prado.

Inmaculada dee los Venerables

La Inmaculada de los Venerables (hoy en el Prado) en su narco originario

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Juan Pablo Navarro Rivas
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La Capillita de San José – Un remanso de paz en la calle Sierpes

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Tengo los suficientes años para recordar una calle Sierpes diferente; cuando era la casi única calle peatonal de Sevilla, existían corrillos de ganaderos que remataban sus negocios, uno podía entrar en los Corales donde habitó Belmonte o surtirse de los más variados objetos en sus sevillanos comercios, algunos centenarios. Poco a poco se fueron yendo: la Heladería Fillol, Deportes Z, Idígoras… De entonces, poco queda: La Campana, la Papelería Ferrer,  la Capillita de San José, en la cercana calle Jovellanos, y poco más.

Sí, allí sigue esta capilla que levantó el gremio de carpinteros en honor de su patrón, algunas veces tranquila, otras veces llena a la hora de Misa, ofreciendo un remanso espiritual al reñido mercadeo que le rodea, asombrando con el fastuoso repertorio de retablos de madera que se desarrolla en  su pequeño espacio:  el retablo mayor cubre el presbiterio y se expande sin solución de continuidad con los retablos laterales;  la asombrosa obra de Cayetano de Acosta de 1766, anterior a su obra maestra, el retablo mayor del Salvador.

Es la edad que no perdona, te desarraiga de los asideros de tu memoria y te hace forastero en tu propia casa. Por eso valoro cada zaguán que se abre, cada cierro que permanece, cada iglesia con fieles, que me rescatan una Sevilla más noble, más bella, más sabia y que poco a poco se nos va.

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Fabiola, 2 – Un gran edificio del XVII

fabiola 2La calle Fabiola posee un excelente conjunto de casas históricas que van desde el siglo XVII al XIX. Entre éstas, podemos destacar su número 1, sede de la Fundación Cristina Heeren, el número 5, al que ya hemos dedicado una entrada de esta bitácora, donde nació el cardenal Wiseman, autor de la novela Fabiola, y ésta que hoy nos ocupa.

Destaca por sus generosas proporciones. Tiene dos plantas y un ático, al que se abren vanos de medio punto, tal como era tradicional en esta planta dedicada a la servidumbre. La portada y el balcón principal se sitúan de forma asimétrica en su fachada con tres vanos a la izquierda y dos a la derecha. El último tramo se adapta a la curva que ya emboca a la calle Aire.

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Casa de Juan de Oviedo – Dos Hermanas, 4

Dibujo del patio a partir de una foto de Arquitectura Civil Sevillna

Dibujo del patio a partir de una foto de Arquitectura Civil Sevillna

dos hermanas 4El callejón de Dos Hermanas se sitúa en el lugar donde probablemente estuvo una de las puertas de la ciudad en época romana. Se entra en él pasando por debajo de uno de los escasos pasadizos volados que han sobrevivido a la piqueta; junto a otros como el de la calle Techada y la calle Fortaleza. Unía la casa de Altamira (hoy, Consejería de Cultura) y la casa del marqués de Dos Hermanas (hoy, entrada al hotel de las Casas de la Judería).

Este estrecho callejón, bordeaba la casa que hoy nos ocupa y llegaría hasta la calle Verde. Sin embargo, con el tiempo, acabó formando parte del solar de aquella. Hoy, su fachada ocupa el fondo de este adarve.

Esta casa de Dos Hermanas, 4, se atribuye al afamado arquitecto Juan de Oviedo (1565-1625), autor del convento de la Merced, actualmente Museo de Bellas Artes. Su bellísima portada de piedra sigue los postulados propios del manierismo. La forman dos pilastras dóricas de fuste acanalado que sostienen el entablamento; el balcón se sitúa en el centro de un frontón partido y lo enmarcan jambas molduradas

Fuente: Arquitectura Civil Sevillna

Fuente: Arquitectura Civil Sevillana

Es singular en este edificio que el patio se encuentre al fondo,
muy separado de la entrada.
En el centro de éste, se conserva una fuente de azulejos de planta estrellada. En uno de sus ángulos, con vistas a la calle Verde, se encuentra un típico mirador sevillano con arcos sobre columnas.

Este edificio fue rehabilitado por el arquitecto Luis Fernando Gómez Stern, dentro de la rehabilitación que llevó a cabo el duque de duque de Segorbe, Ignacio de Medina y Fernández de Córdoba, en el barrio de San Bartolomé, para usarlo como residencia de éste y de Maria da Glória de Orleans e Bragança, princesa imperial del Brasil.

Juan Pablo Navarro Rivas
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Un atraco en los setenta en la calle Aire – Y, ahora, tan amigos – (207)

Makinavaja, el chorizo que imaginó Ivá

Makinavaja, el chorizo que imaginó Ivá

En lo años setenta, el “chorizo” era miembro característico de la fauna hispalense. Pocos fueron los colegiales de aquella época que se libraron de su atraco a punta de navaja. Su interés era trincarte tus pocas monedas, el reloj o cualquier otra cosa de valor que llevases. Su violencia tenía como interés el hurto y no mostrar su superioridad, tal como vino después. Así que, si no te enfrentabas, lo normal era que salieses ileso.

Un día de aquellos años, volvía del colegio con mi amigo Pepe y, cuando embocábamos la calle Aire, vi que, de espaldas a la calle Mármoles, venías dos personajes inconfundibles.

– Pepe, vienen hacia nosotros dos “chorizos”.

A pesar de ello, seguimos andando y, al llegar a la mitad de la calle, nos sacaron un enorme cuchillo. Uno de ellos era delgado, con el pelo algo más largo por detrás y cortado recto, y aspecto de sieso. El otro era gordo y tenía un ojo de cristal.

– ¡Dadnos lo que tengáis¡ -nos dijo el canijo.

No sabían con el par de tiesos con los que se habían encontrado. Empezamos a hurgar en nuestros bolsillos y de ellos no salieron ni diez pesetas.

– ¿No tenéis mas? ¡Qué esto pincha¡ -nos espetó de nuevo el canijo.

El del ojo de cristal empezó a buscar en nuestro cuello y en nuestras muñecas y descubrió mi reloj.

– ¡Pero si es muy malo, si no tiene ni un  rubí¡ -el rubí, esa medida de la calidad de los relojes que todos conocíamos antes de que llegase nuestra era digital.

El gordo sonrió y lo dejó en mi muñeca. Nos miró a los dos y, de repente, nos dio a cada uno un abrazo y se despidió diciendo:

– Y, ahora, tan amigos.

Respirando aliviados, nos alejámos contentos, satisfechos tras conocer a nuestras nuevas amistades.

Juan Pablo Navarro Rivas
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Viejos, 1 – La Casa de los Gómez de Barreda – (206)

En la calle Viejos, 1, se sitúa, haciendo esquina  con la calle Pedro Niño y en frente del Hospital de los Viejos, esta interesante casa del siglo XVII. La mandaron construir los Gómez de Barreda, familia ennoblecida de cargadores de Indias de la que se conserva una extraordinaria casa en Sanlúcar de Barrameda en la calle Santo Domingo.

En su esquina se levanta el característico mirador propio de la arquitectura sevillana.

En su esquina se levanta el característico mirador propio de la arquitectura sevillana.

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Ls molduras que adornan la portada se añadieron posteriormente a la construcción de la casa.

El patio de ña casa con las curiosas molduras que adornan las ventanas.

El patio de ña casa con las curiosas molduras que adornan las ventanas. Fuente: Arquitectura Civil Sevillana

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San Bartolomé, 1 – La Casa de Fernando Villalón – 205

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Fotografía de los azulejos del patinillo con un toro, el hierro de la ganadería y un caballo, anterior a la rehabilitación de la vivienda en 1976 por Luis Marín de Terán (fuente: Arquitectura Civil Sevillana)

Fotografía de los azulejos del patinillo con un toro, el hierro de la ganadería y un caballo, anterior a la rehabilitación de la vivienda en 1976 por Luis Marín de Terán (fuente: Arquitectura Civil Sevillana)

Es posible que Sevilla ya no exista o que, al menos, se haya quedado estéril. Hace un siglo, todavía la habitaban personajes originales a los que los sevillanos adocenados de hoy no podemos ni besarles los zapatos. Así, en la casa de sus abuelos, donde hoy tienen su sede las Hermanas de la Cruz, nació, en 1881, Fernando Villalón: conde de Miraflores de los Ángeles, ganadero, poeta, compañero de Juan Ramón Jiménez, amigo de los poetas de la Generación del 27, director de Papel de Aleluyas, masón, radiostésico, teórico del silfidoscopio –instrumento para  observar sílfides, ninfas, hadas, elfos y duendes- y señorito.

Era Fernando un hombre extraordinariamente fino y simpático, hijo de esa romántica Andalucía feudal, que se sentaba bajo los olivos a compartir tú por tú, el pan con los gañanes. Profundamente popular, los verdaderos amigos suyos, los inseparables, eran los mayorales que guardaban sus toros, los gitanos, los mozos de cuadra, toda la abigarrada servidumbre de sus cortijos, además de cuanto torerillo ilusionado rondaba sus dehesas. Cuando lo conocí ya andaba arruinado. Negocios absolutamente poéticos lo habían venido hundiendo en la escasez, casi en la pobreza.”  (La arboleda perdida, Rafael Alberti)

Entre esos negocios poéticos, sea verdad o leyenda, estuvo el de crear una casta de toros de ojos verdes. Hazaña que me parece menor, comparada con la de dividir el mundo en dos partes: Sevilla y Cádiz.

Desde 1915, su casa sevillana estuvo en esta casa del siglo XVII que cierra el callejón donde arranca la calle de San Bartolomé, entre la casa de Mañara y el frente de casas que se unen a la parroquia. En 1976 la rehabilitó Luis Marín de Terán.

Juan Pablo Navarro Rivas
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Cristo de Burgos, 21 – El gran mirador – 204

casa cristo de burgos 21

Uno de los más imponentes edificios del siglo XVII de los que se conservan en Sevilla es el situado en el flanco sur de la plaza del Cristo de Burgos. En uno de sus extremos se yergue su gran mirador que, hasta hace no demasiados años, se mantenía abierto y conservaba su función original: mirar al exterior.

Como en muchas casas de Sevilla, en su trasera se encontraba un jardín, ya desaparecido, como casi todos en Sevilla. Traigo aquí la foto y el dibujo que aparece de él en el decisivo libro “Arquitectura Civil Sevillana” de Francisco Collantes de Terán y Luis Gómez Estern.

fuente cristo de burgos 21
Podemos compararlo con los que se conservan de la casa de Villapanés y de los Levíes (en la casa de los Pinelo, actualmente).

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Juan Pablo Navarro Rivas
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