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El Mandato – Una catequesis plástica de Marchena

124-1253La primera vez que escuché hablar del Mandato de Marchena fue en el mítico bar de Isidro en la calle Bailén frente al Museo. Lleno de humor y cariño, Rafa Camacho nos fue narrando el cortejo y la representación en la plaza Ducal, antigua de Armas. Nunca olvidaré sus gestos imitando a los “romanos” y la curiosidad que me sobrevino de conocer esta procesión. Sin embargo, soy de esos sevillanos que no se imaginan fuera de su ciudad durante los días de Semana Santa y han pasado muchos años desde entonces pero, hete aquí, que el profesor Manuel Antonio Ramos me ha dado la oportunidad de producir “El Mandato, una catequesis plástica de Marchena” y, de nuevo, me ha surgido el deseo de ir a Marchena en la mañana del Viernes Santo para que Nuestro Padre Jesús me bendiga con su mano.

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El historiador Manuel Antonio Ramos tiene la habilidad de ser riguroso sin ser pesado, exhaustivo sin abrumar, profundo sin ser oscuro, como buen profesor que sabe enseñar al que quiere aprender. Así, por las páginas de su libro nos da a conocer el origen de la denominación del Mandato, la historia de los Sermones de Pasión y una visión completa de su representación en Marchena, profundizando en el escenario donde trascurre, los personajes que lo componen, sin olvidar sus textos y su música.124-12540El texto se acompaña con las excelentes imágenes de Antonio J, Calle y con un gran número de curiosas fotografías históricas procedente de archivos particulares. El diseño le corresponde a Maratania y, como siempre, hemos intentado que colabore con el lector y el autor y que su estética sea atractiva.

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Os adjunto su índice:

11    Introducción
12    La Semana Santa de Marchena y su Singularidad
14    La Semana Santa de Marchena y su Singularidad
22    Mandatos, Sermones, Pregones y Prendimientos
26    El Mandato o Sermón de Pasión
28    Sobre la Denominación del Mandato
30    Historia de los Sermones de Pasión
34    El Mandato o Sermón de Pasión en Marchena
46    Estructura y Desarrollo del Sermón
48    El Texto del Mandato
52    El Escenario del Mandato
56    Los Personajes del Mandato
84    La Música Instrumental y Vocal
94    El Sermón de Pasión en Otros Lugares
104    El Mandato, Candidatura a Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco
108    Apéndices
121    Fuentes y Bibliografía
124    Resúmenes en idiomas.

Entre los títulos de Manuel Antonio Ramos se encuentran: El patrimonio cultural de Marchena y la ocupación napoleónica (1999)  Catálogo del archivo musical de la parroquia de San Juan Bautista de Marchena (2005), Reglas históricas de la Hermandad del Stmo. Cristo de San Pedro (2005)  Patrimonio cultural y desamortización: Marchena, 1798-1901  (2009), San Andrés, Mercedarias Descalzas 1637-2012 : exposición conmemorativa 375 aniversario (2012). Con Maratania ha editado:  El colegio de la Encarnación de Marchena: de la Compañía de Jesús al colegio de Santa Isabel  (2008),  Tantum ergo sacramentum : fe, arte y cultura en Marchena  (2011), La parroquia de San Sebastián de Marchena  (2014)  y El Mandato – Una catequesis plástica de Marchena (2015).

Juan Pablo Navarro Rivas
Maratania
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Un sueño cofrade: los cristos de la Clemencia y de los Desamparados de Juan Martínez Montañés en un paso – 192

Hoy es Viernes de Dolores, el día de las lolas. Sorprende como el gracejo popular ha transformado un nombre que evoca el padecimiento en uno de los más encantadores del castellano. De parecida forma, en la imaginería sevillana, admira como la representación de la cruenta muerte de Cristo se transforma en imagenes que evocan paz, armonía y amor sin negar la brutalidad, el dolor y el sufrimiento de la pasión redentora de Jesús de Nazaret.

Esta ambivalencia de lo representado y lo sentido alcanza su extasis cuando el sevillano contempla las imágenes por las calles de la ciudad al ritmo acompasado de los costaleros. Así que no extraña que cada vez que este sevillano contempla una imagen en una iglesia se las figura “procesionando” por sus calles y, todavía en mayor medida, si no pertenece a la dilatada nómina de las cofradías. Dos obras de Montañés son las más deseadas en este sentido: el Cristo de la Clemencia y El Cristo de los Desamparados, obras sublimes y magistrales ambas. La cosa es que, alguna vez, ese deseo se cumplió. El primero salió ocasionalmente, como en el Santo Entierro Magno del año de 1920. El segundo fue titular del hermandad de la Lanzada durante todo el tiempo en que esta residió en la iglesia del Santo Ángel de 1851 a 1916. Eso ya pasó y, ahora, sólo nos queda soñarlo mientras que contemplando los sublimes simulacros de Montañes nos elevamos para alcanzar la paz, la armonía y el amor.

El Cristo de la Clemencia en el Santo Entierro Grande de 1920

El Cristo de la Clemencia en el Santo Entierro Grande de 1920

El Cristo de los Desamparados de Montañés en la paso de la Lanzada

El Cristo de los Desamparados de Montañés en la paso de la Lanzada

 

El Cristo de los Desamparados en MONTAÑÉS de Manuel Jesús Roldán y Fran Silva

El Cristo de los Desamparados en MONTAÑÉS de Manuel Jesús Roldán y Fran Silva

El Cristo de la Clemencia en MONTAÑÉS de Manuel Jesús Roldán y Fran Silva

El Cristo de la Clemencia en MONTAÑÉS de Manuel Jesús Roldán y Fran Silva

Juan Pablo Navarro Rivas

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Jesús de la Pasión en el Viacrucis 2013: un símbolo necesario – 139

Nuestro Padre Jesús de la Pasión en un grabado de 1846

Nuestro Padre Jesús de la Pasión en un grabado de 1846. Fuente “El Archivo de Pasión de Francisco Navarro”

Bien sabéis que mi padre, Francisco Navarro, ex hermano mayor de Pasión, murió el pasado mes de agosto. Y bien sabéis que él era una de los mayores valedores de restablecer en Pasión su misterio fundacional: Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz.  Por eso, cuando mi hermana me dijo que Pasión iba a salir en el Via Crucis de 2013, tras la incredulidad me llegó el estremecimiento. No puedo negaros que pensé que a mi padre se le escucha en el cielo y se le atienden sus peticiones. Os aseguro que es una excelente petición.

¿Excelente petición? sí, excelente. Excelente porque el hombre, que busca el pan y quiere ser libre, se mueve por los símbolos. Por ello, ¿no os parece una gran metáfora que Nuestro Padre Jesús de la Pasión sin el cirineo represente a Jesús abandonado por todos los cristianos que ya no cogen la cruz y lo siguen y que, por el contrario, la vuelta del cirineo sería signo del necesario retorno de los cristianos a seguir al Cristo que es Pan, que es Vida, que es Verdad que nos hace libres?

Y, así, de esta pequeña petición, aparentemente anecdóctica e insignificante, llegaríamos a la necesaria búsquada de Dios y a su encuentro, eso que llamamos Salvación y tanto ansiamos. Sería, de esta manera, Jesús de la Pasión con su cirineo el símbolo más adecuado en el Viacrucis extraordinario que vamos a celebrar con motivo del Año de la Fe, el cual es “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”(Porta Fidei, 6).

Ahora ya, es el hombre, desde su libre albedrío, el que decide ese pequeño paso de colocar al cirineo junto a Nuestro Padre Jesús de la Pasión y ese gran paso de ser, él mismo, cirineo en el camino de cada día. Así, ya sólo queda que la Hermandad de Pasión acepte lo primero y nos regale este símbolo  y que nosotros aceptemos lo segundo y seamos portadores de esperanza.

Juan Pablo Navarro
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Francisco Navarro Sánchez del Campo – Un dulce servidor de Pasión – 130

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Era otoño del 37, un joven de dieciséis años, postrado ante Jesús de la Pasión, rogaba por su madre. Ella sufría los dolores del cáncer con los escasos paliativos de la época. Su petición era sencilla: “Señor, dale una muerte dulce”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y, especialmente, de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras antes de expirar fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, hace ya tantos años, en su despacho en nuestra casa de San Vicente, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Me vinieron los ecos de las palabras de Lucas:”Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Él encontró en la imagen sublime de Montañés la llamada de Cristo, ante el que todo se desplaza, y, así, él no fue un simple devoto de Pasión, ni siquiera un hermano ejemplar, fue más; la Hermandad fue su centro, su casa, su oficio, su vida. Yo no sé cuánto le acercó a conocer a Cristo este caminar; sí sé que alimentó su fe y que su servicio dio frutos, sí sé del cariño que muchos le tuvieron y que él les ofreció.

Por su fe, siempre estaba en su boca, cuando las cosas podían ir mal, un “Dios proveerá” al que todo confiaba. Por su fe, fue un hombre de oración. Por su fe, cuántas cosas se le regalarían que a mi me gustaría contarte y que él se las llevó.

Desde 1941 a 1972, año desde el cual fue miembro del Consejo de Cofradías hasta 1983, y desde 1980 a 1992, sirvió a Pasión desde la Junta de Gobierno, siendo Hermano Mayor de 1988 a 1992. Desde ella participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, las bocinas, los ciriales, la corona de la Virgen, las gestiones fallidas para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual más un largo etcétera del que se debe reseñar la organización, en 1970, del primer Grupo Joven de la Hermandad. Unido a ello, quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo para conseguir una sede propia que le diera una completa independencia. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona. Por último, su incansable labor de recopilación de documentos sobre Pasión que fueron formando su archivo; siempre abierto a todos los que lo quisieron consultar.

De la generosidad de mi padre hablan las donaciones al Señor de la túnica morada para el camarín y el cordón y cíngulo de oro para la novena, más distintas sayas y mantos más un puñal de Cayetano González para la Virgen, a lo que hay que añadir distintos enseres para la Hermandad. Y todavía más, las tantas veces, que ocultando su mano, ayudó a los hermanos que lo necesitaban.

En sus servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”.

De todos es sabido su especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor y volver al Misterio que había representado Pasión desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por mi parte, añado que, aunque mi deseo es también que el Cirineo vuelva a acompañar al Señor, cuando contemplo a Nuestro Padre Jesús de la Pasión sin su Cirineo con su cruz a cuestas, medito que, a modo de nuevo Misterio del Vía Crucis sevillano, nos recuerda a los cofrades de Sevilla cuántas veces dejamos de seguir a Cristo y de portar su cruz para ser público pasivo o actor que lo cuelga en la cruz de nuestros intereses. Dicho queda.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. En ellos depositaba una dulzura amable que, sin duda, a muchos les prendó y que será el recuerdo que para siempre de él se lleven. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él. A ellos unidos, todos los jóvenes de varias generaciones que él formó para la Hermandad: Serafín, José María, Jose, Juan Luis y muchos más que mi ignorancia no cita. Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

Así, su vida fue Pasión. Pero si la estación de penitencia es en la calle y concluye en el interior del templo, del hogar, así ocurrió con él. Su último momento ya no transcurrió de puertas afueras sino en su hogar, entre nosotros. Hace cuatro años, después de que durante tantos lo sostuviera, como buen cirineo, un bastón que formaba parte inseparable de su silueta, su cuerpo dijo basta. Pasó luego un sufrido año y, una mañana, los médicos nos dijeron que las posibilidades de sobrevivir a esa tarde eran casi nulas y, sin embargo, sobrevivió. Nos los trajeron y estaba transfigurado, el moribundo se había transformado y su rostro mostraba la misma estampa de la felicidad, de la dulzura y de la paz. Un rostro nuevo y radiante, que para siempre será mi mejor recuerdo, en el que yo creo fue el día más importante de su vida. A todos nos habló con un eufórico e inusitado gozo. De quien lo necesitó, le rogó perdón; a todos les mostró su amor y, sobre todo, a su mujer, a mi madre, María Pilar. Y su vida siguió en casa, de su dormitorio al cuarto de estar, rara vez salir y, si era así, esforzado por al anhelo de ver a Pasión. Tres años transcurrieron en que su estampa gozosa, poco a poco, se fue diluyendo, cada vez más aislado por su invalidez, por su sordera, por su cada día más escasa memoria pero, a su vez, resistiéndose a abandonarlo en todo lo que su ya escaso aliento le permitía.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece.

Como todo retrato, como toda imagen, ésta no deja de ser un atisbo, un simulacro, una apariencia que intenta descubrir una verdad. Para ello he buscado el rincón de mi corazón que más lo amaba ya que, al fin y al cabo, es desde el amor desde donde reconocemos la verdad. Y así, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano. espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

 

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Versión aparecida en el ABC de Sevilla  el 14 de septiembre de 2012

Era otoño del 37, un joven postrado ante Jesús de la Pasión rogaba por su madre que sufría los dolores del cáncer. Su petición era sencilla: “Señor, ¡dale una muerte dulce!”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Es por ello que no voy a hablar sobre su intensa labor como médico, ni de su clínica de Nuestra Señora de los Reyes, ni tampoco de su larga etapa en el Consejo de Cofradías en la que se inició la Madrugada de hoy, ni siquiera de cuando los pregoneros se elegían en nuestra casa de San Vicente. Recordaré su vida en Pasión, que fue su centro, su casa, su oficio, su vida.

En su servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”. Y así, como simple hermano o desde sus más de cuarenta años en la Junta de Gobierno, participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, la corona de la Virgen, las gestiones para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual, la organización, del primer Grupo Joven de la Hermandad y un largo etcétera.

Quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo y puso especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor como había sido desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él.

Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece. Y ahora, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano, espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre a la que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

Juan Pablo Navarro
Maratania
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