Bitácora

La escondida estatua de Fernando VII en el convento de Santa Clara – 149

Torredon fadriqueConvento de Santa Clara Feranando VIIEsta obra del francés Chantigny, erigida en 1831 para una plaza de Barcelona, está hoy día arrumbada en el convento de Santa Clara.

En el artículo sobre la Torre de don Fadrique incluí la foto en la que aparece esta excelente estatua de Fernando VII. Se conserva en el convento de Santa Clara desde 1931 en lo que fue, desde principios del siglo XX, Museo Arqueológico Municipal. Esta obra del  francés Pierre-Joseph Chardigny (1794-1866) se erigió en la barcelonesa plaza del Palau, encargado por el capitán general de Cataluña, Roger-Bernard-Charles d’Espagne de Ramefor, conde de España,  donde permaneció hasta que fue derribado en la bullanga de 1835.

La estatua de Fernando VII en los jardines de San Telmo

La estatua de Fernando VII en los jardines de San Telmo

Su azarosa historia continuaría en 1840 cuando la estatua acompañó al exilio a la Reina Regente María Cristina. Permaneció en París hasta 1861 cuando Napoleón III se la envía a la infanta María Luisa Fernanda para que adorne los jardines de su palacio de San Telmo. De nuevo, tras la Revolución de 1868, la estatua estuvo en distintos lugares de lo que es hoy día el parque de Maria Luisa hasta que, como hemos comentado, en 1931 se traladó a Santa Clara, perdiéndose las manos y el sable.

La obra de Chardigny representa de manera colosal a un Fernando VII ataviado de militar, cubierto por una capa de armiño y coronado con una corona de laurel. Es curioso el destino de esta obra ideada para presidir una plaza a la vista de todos en Barcelona y que acaba en Sevilla arrumbada y oculta a la vista como mercancia de poco valor. Es cosa de la importancia de los símbolos que superan en nuestro mirar al objeto en que se alojan; aunque no lo duden, si pueden, véanla.

Convento de Santa Clara Feranando VII 2
Juan Pablo Navarro
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Un Cupido en la Casa de la Algaba – 148

La casa de AlgabaA este bello Cupido renacentista tuve la suerte de fotografiarlo en  La Casa de Algaba cuando hacía fotos para nuestro libro Casas Sevillanas. Lo descubrí en uno de los despachos y me encantó. En ese momento no caí en la cuenta de que este motivo aparecía reiteradamente en el friso  que recorre la sala alta del torreón. El libro El Palacio de los Marqueses de la Algaba de Oliver y Pleguezuelo me ha permitido caer en la cuenta de ello. Traigo aquí las fotos de este erote y del friso que hice en aquella visita.

Juan Pablo Navarro
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La Torre de don Fadrique – 146

La torre de don Fadrique me evoca a mi infancia en el barrio de San Vicente. Su estampa huidiza me incitaba a buscarla entre las calles o a encontrarla certeremente desde la azotea de mi casa. Y me trae a la memoria a mi padre, médico durante largos años de las monjas del convento de  Santa Clara donde se hospeda la torre.

Mi recuerdo más reciente lo debo a la edición de Casas Sevilanas. Durante toda una mañana tuve la oportunidad de retratarla, de recorrerla e, incluso, de entrar y subir por sus ruinosas escaleras y disfrutar de la Sevilla que se asomaba a su balcón con el sol en el levante camino del mediodía.

Sólo cuatro años habían pasado desde la Reconquista de Sevilla, cuando, en 1252, el infante don Fadrique, hijo de Fernando III, la mandó construir como torre exenta de su palacio. Bien sabréis que en 1277, su hermano, Alfonso X, ordenó su ejecución acusandolo de conspirar para derrocarlo. Y, así, la vida sigue igual, seguimos construyendo torres altas y conspirando por nuestras causas y luego ¡zas! todo acabó.

Torredon fadrique fadrique

Vista desde la Torre de don Fadrique

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Las Santas de Zurbarán vestidas de pasado y presente – 145

En Mayo se inaugurará en Santa Clara la exposición «Santas de Zurbarán: Devoción y Persuasión». Como aperitivo, me acerqué al Museo de Bellas Artes para contemplar las que posee nuestra pinacoteca de su taller.

La exposición organizada por el ICAS (Instituto de la Cultura y de las Artes del Ayuntamiento de Sevilla) comisariada por Benito Navarrete Prieto va a poner de moda a las santas pintadas por Zurbarán. En ellas podemos contemplar la espiritualidad de Zurbarán que representa incruentamente a todas estas santas mártires y, por otro lado, descubrir una espléndida galería de retratos de mujeres de su época. Pero, también, llama la atención los espléndidos ropajes con los que el artista viste a estas mujeres. Precisamente, este es el aspecto que va a ser el móvil principal de esta exposición, ya que distintos diseñadores van a inspirarse en ellos para crear trajes desde nuestra visión contemporánea: Elio Berhanyer, Ágatha Ruiz de la Prada, Devota y Lomba, Francis Montesinos, Ángel Schelesser, Juan Duyos, Pedro Moreno, Ana Locking, Roberto Torreta, Hanníbal Laguna, Vittorio y Lucchino; así como, diseñadores formados en la Cátedra de Elio Berhanyer.

Las Santas vírgenes que estarán expuestas han sido ofrecidas para la ocasión por The National Gallery de Londres, el Museo del Prado, el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, la Colección Masaveu de Oviedo, el Musei di Strada Nuova, Palazzo Bianco de Génova y el Museo Carmen Thyssen de Málaga.

Como no será hasta mayo cuando la podamos ver en el convento de Santa Clara, el sábado pasado me acerqué para ver las santas que tenemos en el museo de Bellas Artes, obras probablemente de su taller con alguna colaboración del propio Zurbarán. Aquí os dejo algunas imágenes de sus espléndidos paños.

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Santa Margarita de Antioquía - National Gallery, Londres

Santa Margarita de Antioquía – National Gallery, Londres

Juan Pablo Navarro
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Miguel Zapke y la fotografía de 360º

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Portada de Casas Sevillanas desde la Edad Media al Barroco

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La Tercera Sinfonía de Gorecki – Lamentos desde la Esperanza – 143

La tercera sinfonía, escrita para orquesta y soprano, es llamada también de las lamentaciones, ya que sus tres movimientos son, cada uno, un lamento de una mujer.

«Mamá, mamá… No llores por mí», esta inscripción grabada en una pared de una prisión de la Gestapo en Zakopane (Polonia) fascinó al compositor polaco Henryk Górecki (1933-2010) y le llevó a crear su honda Tercera Sinfonía (Opus 36). Desde que la escuché en el muy recomendable programa en Radio Clásica de  Luis Ángel de Benito, Música y Significado,  la escucho absorto.

La música me acompaña durante muchas horas del día; mis gustos son amplios, desde Bill Haley a The National, pasando por Joy Divsion o Radio Futura y, ¿cómo no?, la música clásica, especialmente la Barroca. Sin embargo, la música culta contemporánea se me hace seca e insufrible, un jardín de cactus. Por eso, como comentaba en Messiaen, un oasis para empezar a beber la música contemporánea, me alegran estos descubrimientos.

La tercera sinfonía, obra de 1976. escrita para orquesta y soprano, es llamada también de las lamentaciones, ya que sus tres movimientos son, cada uno, un lamento de una mujer. El primero es el de la Virgen María por la muerte de su Hijo, el segundo el de una hija encarcelada por la Gestapo a su madre, el tercero el de una madre a su hijo muerto en la insurrección en Silesia de 1919.

El texto del primer movimiento procede de la Edad Media y se conserva en el monasterio polaco de Santa Cruz:

Mi querido hijo, mi predilecto,
comparte las heridas con tu madre.
Ya que he sido yo, querido hijo,
quien te ha llevado en el corazón,
y quien tan fielmente te ha servido.
Háblale a tu madre para hacerla feliz,
pues ya me abandonas, dulce esperanza mía.

El segundo está basado en la estremecedora oración escrita en 1944 en la cárcel nazi por Helena Wanda Błażusiakówna de 18 años:

Mamá, no llores, no.
Inmaculada Reina de los Cielos,
apóyame siempre.
Ave María, llena eres de gracia

Sobre este texto, Gorecki decía: «En la prisión, toda la pared estaba cubierta de inscripciones que clamaban: ‘Soy inocente’, ‘Asesinos’, ‘Ejecutores’, ‘Liberadme’, ‘Salvadme’, etc. Todo era chillón y banal. Los adultos escribían este tipo de mensajes, pero he aquí una chica de dieciocho años, casi una niña. Ella es diferente. No desespera, no llora, no exige venganza. No piensa en sí misma, en si merece o no este destino. En cambio, piensa en su madre, que es quien experimenta la verdadera desesperación. Esta inscripción es algo extraordinario. Y realmente me fascinó»

El tercero concluye con el canto de una madre que ha perdido a su hijo:

Oh, cantad para él,
pajarillos cantores de Dios,
porque su madre
no puede hallarlo.

Y vosotros, florecillas de Dios,
floreced a su alrededor,
para que al menos mi hijo
pueda disfrutar soñando.

Sobre estos textos lúgubres, desde el mayor sufrimiento, desde el profundo dolor de la muerte, desde la soledad de la injusticia, la música lenta, profunda y bella, intensamente bella, nos lleva desde la oscuridad a la luz, desde la injusticia al perdón, desde el sufrimiento a la gracia redentora. Quizá por ello, es tan cercana al alma estas lentas notas de la sinfonía de Gorecki; un hombre que había perdido a muchos de sus familiares en los campos de concentración y que había sufrido la desoladora dictadura comunista. Porque esta música hace círculos y también es como flechas que arden en el corazón y luz que te hace mirar místicamente más allá.

Os invito a escucharla y a disfrutarla con la humilde y  paciente espera del aprendizaje, del descubrimiento. Muchos ya lo hicieron, la grabación que hizo la London Sinfonietta, dirigida por David Zinman, vendió más de un millón de copias en 1992. Así que no me extrañaría que a ti también te conmueva.

Juan Pablo Navarro
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La Inmaculada de los Venerables contemplada en su altar originario – 142

Inmaculada dee los Venerables

Los artistas regalan su espíritu a su obra y esta queda como mortecina en su soledad a la espera de que otro hombre la contemple y haga renacer su alma. Así, esta Inmaculada de Murillo me ofreció generosa el espíritu del artista.

Entré en la iglesia del Hospital de los Venerables y allí estaba, en donde siempre estuvo hasta que el franchute del mariscal Soult la secuestró en 1813. Sí, allí estaba, en el marco que Bernando Simón de Pineda había labrado para ella en torno a 1665.

Me acerqué a contemplarla. Estaba yo solo en el silencio de la nave. Y, como tantas veces me ha ocurrido con el Arte, me quedé extático delante de ella y no podía dejar de mirar a la Inmaculada de los Venerables.

Primero me quedé arrobado y quieto viéndola. Luego, mi razón empezó a escudriñar en sus detalles: en los angeles que, como una hélice que se difuminaba, la rodeaban, en las nubes blancas y doradas, y en Ella. Recorrí su cara de niña que miraba al cielo, sus delicadas manos unidas en el pecho, su vestido azul y blanco que vaporoso se enredaba en la luna a sus pies. Veía triángulos, pinceladas sueltas y luz, una luz tan cierta como la de la penumbrosa iglesia, y la veía ascender al cielo con un movimiento tan real como la quietud de mi postura. Pues así seguía, otra vez contemplándola, quedo, sin poder moverme.

Los artistas regalan su espíritu a su obra y esta queda como mortecina en su soledad a la espera de que otro hombre la contemple y haga renacer su alma. Así, esta Inmaculada de Murillo me ofreció generosa el espíritu del artista y pensando en ello, imaginé a los anciamos sacerdotes que la contamplaban hace siglos y rezaban afianzados en su fe al mirarla y desee que el milagro de que lo inerte cobre vida surja cada vez que alguien cruce su mirada con la mística e inocente belleza de esta Inmaculada de Murillo.

Y pasado el tiempo, me fui más rico de lo que había entrado, pues no hay mayor fortuna que la de contemplar un alma, máxime si es la de un artista a través de  su obra.

Juan Pablo Navarro
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Jesús de la Pasión en el Viacrucis 2013: un símbolo necesario – 139

Nuestro Padre Jesús de la Pasión en un grabado de 1846

Nuestro Padre Jesús de la Pasión en un grabado de 1846. Fuente «El Archivo de Pasión de Francisco Navarro»

Bien sabéis que mi padre, Francisco Navarro, ex hermano mayor de Pasión, murió el pasado mes de agosto. Y bien sabéis que él era una de los mayores valedores de restablecer en Pasión su misterio fundacional: Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz.  Por eso, cuando mi hermana me dijo que Pasión iba a salir en el Via Crucis de 2013, tras la incredulidad me llegó el estremecimiento. No puedo negaros que pensé que a mi padre se le escucha en el cielo y se le atienden sus peticiones. Os aseguro que es una excelente petición.

¿Excelente petición? sí, excelente. Excelente porque el hombre, que busca el pan y quiere ser libre, se mueve por los símbolos. Por ello, ¿no os parece una gran metáfora que Nuestro Padre Jesús de la Pasión sin el cirineo represente a Jesús abandonado por todos los cristianos que ya no cogen la cruz y lo siguen y que, por el contrario, la vuelta del cirineo sería signo del necesario retorno de los cristianos a seguir al Cristo que es Pan, que es Vida, que es Verdad que nos hace libres?

Y, así, de esta pequeña petición, aparentemente anecdóctica e insignificante, llegaríamos a la necesaria búsquada de Dios y a su encuentro, eso que llamamos Salvación y tanto ansiamos. Sería, de esta manera, Jesús de la Pasión con su cirineo el símbolo más adecuado en el Viacrucis extraordinario que vamos a celebrar con motivo del Año de la Fe, el cual es “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”(Porta Fidei, 6).

Ahora ya, es el hombre, desde su libre albedrío, el que decide ese pequeño paso de colocar al cirineo junto a Nuestro Padre Jesús de la Pasión y ese gran paso de ser, él mismo, cirineo en el camino de cada día. Así, ya sólo queda que la Hermandad de Pasión acepte lo primero y nos regale este símbolo  y que nosotros aceptemos lo segundo y seamos portadores de esperanza.

Juan Pablo Navarro
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Miguel Zapke y la fotografía de 360º

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A propósito de la Semana Santa sevillana y sus experiencias inefables – 137

La macarena

No sé que sería, si la luz de la mañana, si la lenta cadencia del palio, si su mirada; sí sé que el momento fue más allá de lo que puedo explicar, que estuvo dentro de esas experiencias inefables en las que el alma se manifiesta y vives el momento pleno e intenso

Al escribir sobre la espadaña de San Juan de la Palma, me vino a la memoria la vivencia más intensa que me ha regalado la  Semana Santa. Seria por los años ochenta y, claro está, era un Viernes Madrugada; la noche había sido memorable pero nos aguardaba lo mejor. Quedábamos mi primo Enrique y yo; estábamos de espaldas a la Casa de los Artistas en la calle Viriato, frente a la espadaña, y vino la Macarena. No sé que sería, si la luz de la mañana, si la lenta cadencia del palio, si su mirada; sí sé que el momento fue más allá de lo que puedo explicar, que estuvo dentro de esas experiencias inefables en las que el alma se manifiesta y vives el momento pleno e intenso. Ya sé que poco te cuento de por qué pasó, ya que solo me queda la memoria difusa de lo visto y el recuerdo imborrable de un profundo sentimiento. Acabado todo, mi primo y yo nos miramos y nos preguntamos: ¿tú también? sí, yo también. La cosa es que creo que  esa experiencia privilegiada había sido compartida, probablemente, por la mayoría de los que estábamos allí. Una vivencia que la Semana Santa sevillana, de manera análoga al arte o a la mística, nos ha ofrecido alguna vez, al menos, a todos a los que la hemos disfrutado y, si eres de ellos, tus recuerdos serán los míos.

Una experiencia parecida, también con Enrique, me ocurrió en Portugal. La casualidad nos hizo pasar junto a Fátima. No pensábamos parar pero, ya que estábamos a la vera, lo hicimos. Los que me habéis leído bien sabéis que soy creyente y, sin embargo, el lugar y el templo no me resultaban atractivos con su insulsa e incoherentemente sin alma arquitectura de muchas iglesias del siglo XX, desvinculada tanto de la tradición como de la modernidad. Quiero decir, que la antesala de la experiencia era completamente la contraria de la anterior, en la que la hermosura de lo previo había sido el antecedente de aquella. La cosa es que avanzamos por la explanada y atravesamos la portada. Nos quedamos a los pies de la nave. El interior era tan insulso o más que el exterior y, sin embargo, a pesar de que no había nada externo que me atrajese, sólo sentía ganas de quedarme allí, quieto, en silencio. Pasó un buen rato y salimos. De nuevo la pregunta: ¿tú también? sí, yo también.

Juan Pablo Navarro
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