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El Archivo de Pasión de Francisco Navarro Sánchez del Campo – 132

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Francisco Navarro Sánchez del Campo, doctor en medicina, ginecólogo y propietario de la ya desaparecida clínica de Nuestra Señora de los Reyes, estuvo vinculado desde su niñez a la sevillana Archicofradía Sacramental de Pasión. Perteneció a su Junta de Gobierno durante más de 40 años y fue su Hermano Mayor de 1988 a 1992. Fue, a su vez, Medalla de Oro de la Hermandad.

Durante todos estos años fue recopilando documentos sobre toda la historia de ésta, desde sus comienzos hasta la actualidad, muchos de ellos, originales. Los, cómo él denominaba, «Mis Libros de Recuerdo de Pasión, intentan abarcar la historia, hasta en su «letra menuda», de la Hermandad. Muchos hermanos de Pasión pasaron por su despacho en la calle San Vicente para examinarlos y disfrutarlos. Como depositario de este archivo es mi intención el irlos mostrando desde la  bitácora «El Archivo de Pasión de Francisco Navarro Sánchez del Campo»  poco a poco para su general conocimiento.

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El Archivo contaba con un gran número de grabaciones que abarcaban los más importantes acontecimientos de Pasión durante 30 años hasta 1995. En dicho año, las donó a la Hermandad de Pasión.

Juan Pablo Navarro
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La parroquia de Omnium Sanctorum – La asamblea de todos los santos – 131

Tumba de los guzmanes

Cuando empezó el verano y decidí darme un descanso en la bitácora, me fui con la idea de que el siguiente artículo tratase sobre la iglesia de Omnium Sanctorum y, especialmente, de las tumbas de los Guzmanes. Lo que no previne es que, a finales de agosto, la hora infinita llegaría para mi padre. Y así, desde entonces, aprendo a convivir con el rumiar de recuerdos que lleva el duelo, con la aceptación de lo perdido y la frustración por lo deseado que ya nuca será. Y, por ello, no me extraña que, al pensar de nuevo en este artículo que quería escribir, la melancolía lo impregne y se una a él.

Y así, pensando, caí en la cuenta de que, ¡oh casualidad!, Omnium Sanctorum no está dedicada a san Pedro, a san Pablo ni a cualquier otro sino a todos los santos. ¿Y no son ellos sino todos aquellos que un día tú amastes y ya pasaron la puerta en la que encotraron a Cristo, quien transformó la negra noche en un luminoso día de suave brisa?. Y la tumba de los Guzmanes, ¿no sabes que están vacías como la del Resucitado y que solo debes recrearte en la contemplación de su belleza y atisbar la Belleza que tu padre ya contempla?.

Recuerdo los días de mi infancia cuando te admiraba; de mi juventud. cuando te situé en el estrado de mi juicio sumarísimo; y de adulto, cuando te acepté y te cuidé, aunque añorando los días que no fueron. Y así, en este pensar, me pongo en hoy, cuando me gustaría saber cómo escucharte sin saber cómo me oyes. Y desde ese no saber, doy las gracias a la Iglesia de todos los Santos que me invita a no tener miedo ni a la muerte ni a la vida y me ofrece encontrarte, parafraseando a Teilhard de Chardin, en la Eucaristía, ya que todas las comuniones de una vida constituyen una sola comunión y las comuniones de todos los hombres presentes, pasados y futuros constituyen una sola comunión… y saber que allí, padre, me oyes y aprender a escucharte.

Y, allí, contigo, amigo que me lees, querría encender una vela que nos ilumine y contemplar la belleza de esas tumbas vacías que nos recuerdan que tú, que yo, que él, seremos para siempre eternos junto a Él, junto a mi padre, junto a aquel que un día amastes.

Juan Pablo Navarro
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Francisco Navarro Sánchez del Campo – Un dulce servidor de Pasión – 130

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Era otoño del 37, un joven de dieciséis años, postrado ante Jesús de la Pasión, rogaba por su madre. Ella sufría los dolores del cáncer con los escasos paliativos de la época. Su petición era sencilla: “Señor, dale una muerte dulce”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y, especialmente, de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras antes de expirar fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, hace ya tantos años, en su despacho en nuestra casa de San Vicente, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Me vinieron los ecos de las palabras de Lucas:”Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Él encontró en la imagen sublime de Montañés la llamada de Cristo, ante el que todo se desplaza, y, así, él no fue un simple devoto de Pasión, ni siquiera un hermano ejemplar, fue más; la Hermandad fue su centro, su casa, su oficio, su vida. Yo no sé cuánto le acercó a conocer a Cristo este caminar; sí sé que alimentó su fe y que su servicio dio frutos, sí sé del cariño que muchos le tuvieron y que él les ofreció.

Por su fe, siempre estaba en su boca, cuando las cosas podían ir mal, un “Dios proveerá” al que todo confiaba. Por su fe, fue un hombre de oración. Por su fe, cuántas cosas se le regalarían que a mi me gustaría contarte y que él se las llevó.

Desde 1941 a 1972, año desde el cual fue miembro del Consejo de Cofradías hasta 1983, y desde 1980 a 1992, sirvió a Pasión desde la Junta de Gobierno, siendo Hermano Mayor de 1988 a 1992. Desde ella participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, las bocinas, los ciriales, la corona de la Virgen, las gestiones fallidas para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual más un largo etcétera del que se debe reseñar la organización, en 1970, del primer Grupo Joven de la Hermandad. Unido a ello, quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo para conseguir una sede propia que le diera una completa independencia. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona. Por último, su incansable labor de recopilación de documentos sobre Pasión que fueron formando su archivo; siempre abierto a todos los que lo quisieron consultar.

De la generosidad de mi padre hablan las donaciones al Señor de la túnica morada para el camarín y el cordón y cíngulo de oro para la novena, más distintas sayas y mantos más un puñal de Cayetano González para la Virgen, a lo que hay que añadir distintos enseres para la Hermandad. Y todavía más, las tantas veces, que ocultando su mano, ayudó a los hermanos que lo necesitaban.

En sus servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”.

De todos es sabido su especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor y volver al Misterio que había representado Pasión desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por mi parte, añado que, aunque mi deseo es también que el Cirineo vuelva a acompañar al Señor, cuando contemplo a Nuestro Padre Jesús de la Pasión sin su Cirineo con su cruz a cuestas, medito que, a modo de nuevo Misterio del Vía Crucis sevillano, nos recuerda a los cofrades de Sevilla cuántas veces dejamos de seguir a Cristo y de portar su cruz para ser público pasivo o actor que lo cuelga en la cruz de nuestros intereses. Dicho queda.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. En ellos depositaba una dulzura amable que, sin duda, a muchos les prendó y que será el recuerdo que para siempre de él se lleven. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él. A ellos unidos, todos los jóvenes de varias generaciones que él formó para la Hermandad: Serafín, José María, Jose, Juan Luis y muchos más que mi ignorancia no cita. Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

Así, su vida fue Pasión. Pero si la estación de penitencia es en la calle y concluye en el interior del templo, del hogar, así ocurrió con él. Su último momento ya no transcurrió de puertas afueras sino en su hogar, entre nosotros. Hace cuatro años, después de que durante tantos lo sostuviera, como buen cirineo, un bastón que formaba parte inseparable de su silueta, su cuerpo dijo basta. Pasó luego un sufrido año y, una mañana, los médicos nos dijeron que las posibilidades de sobrevivir a esa tarde eran casi nulas y, sin embargo, sobrevivió. Nos los trajeron y estaba transfigurado, el moribundo se había transformado y su rostro mostraba la misma estampa de la felicidad, de la dulzura y de la paz. Un rostro nuevo y radiante, que para siempre será mi mejor recuerdo, en el que yo creo fue el día más importante de su vida. A todos nos habló con un eufórico e inusitado gozo. De quien lo necesitó, le rogó perdón; a todos les mostró su amor y, sobre todo, a su mujer, a mi madre, María Pilar. Y su vida siguió en casa, de su dormitorio al cuarto de estar, rara vez salir y, si era así, esforzado por al anhelo de ver a Pasión. Tres años transcurrieron en que su estampa gozosa, poco a poco, se fue diluyendo, cada vez más aislado por su invalidez, por su sordera, por su cada día más escasa memoria pero, a su vez, resistiéndose a abandonarlo en todo lo que su ya escaso aliento le permitía.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece.

Como todo retrato, como toda imagen, ésta no deja de ser un atisbo, un simulacro, una apariencia que intenta descubrir una verdad. Para ello he buscado el rincón de mi corazón que más lo amaba ya que, al fin y al cabo, es desde el amor desde donde reconocemos la verdad. Y así, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano. espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

 

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Versión aparecida en el ABC de Sevilla  el 14 de septiembre de 2012

Era otoño del 37, un joven postrado ante Jesús de la Pasión rogaba por su madre que sufría los dolores del cáncer. Su petición era sencilla: “Señor, ¡dale una muerte dulce!”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Es por ello que no voy a hablar sobre su intensa labor como médico, ni de su clínica de Nuestra Señora de los Reyes, ni tampoco de su larga etapa en el Consejo de Cofradías en la que se inició la Madrugada de hoy, ni siquiera de cuando los pregoneros se elegían en nuestra casa de San Vicente. Recordaré su vida en Pasión, que fue su centro, su casa, su oficio, su vida.

En su servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”. Y así, como simple hermano o desde sus más de cuarenta años en la Junta de Gobierno, participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, la corona de la Virgen, las gestiones para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual, la organización, del primer Grupo Joven de la Hermandad y un largo etcétera.

Quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo y puso especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor como había sido desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él.

Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece. Y ahora, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano, espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre a la que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

Juan Pablo Navarro
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La iglesia de Santa Marina – Arquitectura desnuda en la calle San Luis – 129

santa marina fachada y torre

santa marina.nave central con el cristo resucitado al fondoTiene Santa Marina algo que se me hace ajeno a Sevilla: su arquitectura seca y pura, su vacío. Sólo arquitectura, nada más. Y aquello que no lo es, las escasas esculturas, las mínimas pinturas, la parca orfebrería, me parecen ruido que perturba el silencio al que su desnudez nos llama.

Santa Marina fue víctima del fuego devorador del infausto 18 de julio del 36, que sólo dejó piedra sobre piedra o, mejor dicho, ladrillo sobre ladrillo. Así quedó, devolviendo mal por bien, tal como había nacido seiscientos años antes, en el siglo XIV. Y ello, pienso, me obliga a despojarme de mi mentalidad de hoy si quiero hacerla mía, atravesar su portada y deambular por sus naves. Cómo aceptar, si no, su advocación desde mi contemporaneidad: Santa Marina de Orense, como Santa Margarita de Antioquía, tiene su fama ganada porque venció al demonio en forma de dragón -que le había devorado y del que salió rasgando su vientre con un crucifijo- y por su muerte a consecuencia de las torturas a las que se le sometió por no negar a Cristo. Así que, como a un hombre del XIV, su portada enseña al cristiano que, de las fauces del demonio, del pecado, del mal, del desatino, la cruz nos libera cuando a ella acudimos y que, como Santa Marina, a nada debemos temer cuando afirmamos a Cristo.

Santa Marina saliendo del dragón con la cruz en la imposta de la portada. Fuente: http://usuarios3.arsystel.com/santamarinasev/

Santa Marina saliendo del dragón con la cruz en la imposta de la portada. Fuente: http://usuarios3.arsystel.com/santamarinasev/

Y pasada la prueba de la razón, traspasamos su portal para un mayor reto, vencer a nuestro corazón. Como buen sevillano querría altares dorados que me deslumbrasen y me contasen sus historias; pero nada hallo, sólo vacío. Así que corro y huyo, atravesando sus naves para alcanzar la esquina donde se encuentra la capilla en la que la leyenda cuenta que se encontró una Piedad de barro que dio origen a la Hermandad de la Mortaja Y allí me apaciguo con la exquisitez de su bóveda de lacería y distraído por su belleza cruzo de nuevo las naves, olvidado del silencio, para llegar a la capilla sacramental. En ella, se nos recuerda nuestra historia: capiteles de acarreo tardorromanos, cúpula gallonada de herencia islámica y altar con azulejos cristianos y, sobre él, el sagrario. Y mi corazón recuerda al amortajado que resucitó, al pan que es cuerpo, a la presencia eterna que grita en el silencio y, ahora sí, vuelvo a sus naves donde recorro su arquitectura desnuda en la que ya el ruido no me perturba y siento que el templo no es como panza de dragón que devora sino como seno materno del que se nace y del que, como Santa Marina, se sale asido a la cruz que siempre vence.

Y en la calle, caminando, tras el encuentro con el sentido de la arquitectura me descubro a mí mismo como arquitectura con sentido y, en ese instante, sonrío porque mi paso se hace más firme, como sabiendo adonde va.

Santa Marina capilla de la piedad

Capilla de la Piedad. En ella residió la Mortaja hasta 1936. Actualmente, se encuentra la Virgen de la Aurora de la Hermandad de la Resurrección.

Santa Marina con su hijoSanta Marina se representa en la portada con un niño. Al igual que la historia del dragón, La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine recoge también otro relato en el que el padre de Santa Marína profesa en un convento y la hace pasar por hombre para no separarse de ella. Pasados los años, una mujer la acusaría de violación pero ella prefirió no delatar su condición de mujer para mostrar la imposibilidad de la acusación. Expulsada del convento, permaneció años junto a su puerta cuidando al niño de la acusadora. Tiempo después, los monjes, sorprendidos por su humildad y bondad, decidieron readmitirla. Allí pasó el resto de sus días. No fue hasta amortajarla cuando se descubrió que, en realidad, era mujer.
Juan Pablo Navarro
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Que me lean en China, por favor 我在中国读,请 – 128

La bitácora de maratania el mejor blog la mejor editorial sobre sevilla y andalucía el mejor diseño

Flan chino el mandarínSiempre me han gustado las estadísticas, los  porcentajes y los mapas, así soy de rarito, ¡qué le voy a hacer! Así que ya supondréis que me gusta ver el mapita de wordpress en el que te indican si en un país te han leído o no.

Me pasmo viendo que una bitácora sobre temas fundamentalmente sevillanos se lea en Angola y me encanta ver a toda América, salvo las Guayanas, sombreadas. Pero hay algo que hiere mi orgullo, que de 1.300 millones de chinos que hay en China no me haya leído ninguno, eso si que no.

Por tanto, este artículo lo pongo en chino (dada mi escasez de recursos, utilizo el traductor de Google con lo cual es posible que diga en chino alguna frase sulvelsiva  y que, ¡oh qué gusto!, un funsionalio censol la tache).

El mensaje es claro:

Chinos de la China leed la Bitácora de Maratania que es tan buen alimento como el flan El Mandarín.

P.D, ¿Alguien sabe a que hora pasa el Cachorro por la plaza de Tiananmen?

我一直都很喜欢的统计数据,百分比和地图。所以你会想我想看到的WordPress的小地图,在那里你显示一个国家是否你曾经读过的或不。

惊讶,我看到了一个主题博客大多读在安哥拉的塞维利亚和我爱看到,除圭亚那的美国阴影。但有一些伤害我的骄傲,1300万的中国人在中国是我没有看过,所以如果不是。

信息是明确的:

在中国的中国人应该读Maratania食物的日志,这是如坯普通话的良好。

(He vuelto a poner en el traductor de Google lo que me puso en chino para que me lo traduzca al español y, después de varias vueltas español-chino y viceversa, el traductor de Google me da este poético texto:

Siempre me han gustado
las estadísticas, porcentajes y mapas. 
Así que creo en mi país, 
si ve o no quiere ver 
el mapa de WordPress. 
 
La sorpresa, 
vi el tema del blog, 
especialmente en Angola, 
Sevilla se lee 
 
La sombra de Guyana, 
Estados Unidos, me gustaría ver. 
Pero también los hay 
daño a mi orgullo, 
130.000 personas chinas 
 
Entiendo que, 
por lo que si no lo es. 
El mensaje es claro: 
En China, 
el pueblo chino debe leer 
el registro de los alimentos 
 
Maratania es bueno, 
como el mandarín en blanco

Poema críptico gentileza del traductor de Google)
Juan Pablo Navarro
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Santa Catalina – Quizás es tarde, quizás es nunca – 127

Como siempre ocurre, cuando me enteré de tu enfermedad, me di cuenta del tiempo que hacía que no te visitaba. Ahora es tarde y espero que no sea ya nunca.

Me acerco a verte y sólo me dejas ver tu fachada malherida con esa cubierta que te pusieron en 2009 y que, como prótesis, no se sabe si te protege o te mata un poco más.

Cuánto querría pasar la puerta que un día te trajeron de Santa Lucía para volver a cruzar tu portada mudéjar y enfrentarme al retablo mayor de López Bueno. Cuánto querría que fuera Semana Santa y verte de nuevo Exaltación. Y cuánto me gustaría, ya sé que es tarde, quizás ya es nunca, cruzar tus naves y rendirme ante la exhuberancia barroca de la capilla Sacramental de Figueroa. Pero bien sé que no, que ya no puedo.

Me callo y no te cuento que, quien te debía cuidar, quiso más a otra, más joven, más inculta, más caprichosa, y que te dejó abandonada a ti, indiscutible joya de Sevilla.

Sólo tu bella torre se afirma en lo que fuistes y me da esperanzas de que un día volverá a ser siempre y no nunca. Y, desde mi tristeza, intento escuchar tus lamentos mientras cuentas tus letanías a tu hermana, la torre de San Marcos, y entrometerme y decirte que sí, que un día volverás a llenarte de luz y de vida. Pero no sé, no sé, no sé,  porque quizás ya es tarde, ya es nunca.

Santa Catalina, sevilla

Juan Pablo Navarro
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La torre de San Marcos – Palco privilegiado de la historia sevillana – 126

♦ En 1470 la Iglesia de San Marcos sufrió un incendio provocado por la gente del conde de Arcos (Ponce de León) en sus luchas con el conde de Niebla y el duque de Medina Sidonia (Guzmán)

La torre de San Marcos desde la calle Castellar

La torre de San Marcos desde la calle Castellar

Siendo la torre de San Marcos hija de un terremoto y de la Giralda, no es de extrañar que si un campanero hubiese vivido durante sus 650 años de vida, este no habría podido quejarse de vida aburrida.

Me gusta especialmente encontrármela por la calle Castellar, donde su perfil va asomando tras las azoteas. Si elegimos la calle San Luis,  pronto se intuye el cercano encuentro con uno de esos escenarios donde se representa el teatro de la vida; con Santa Isabel y santa Paula a sus espaldas, forma un espacio donde evocar tiempos que ya no son pero que nos hicieron y que, todavía hoy,  mantienen su añejo sabor popular.

Fue el rey Pedro I (1350-1369) el que impulsó con fuerza la construcción de los llamados templos parroquiales sevillanos gótico-mudéjar tras el desgraciado terremoto de 1356.  Con Santa Marina y Omnium Sanctorum, San Marcos es uno de sus más puros ejemplos. Son iglesias construidas en ladrillo con portadas abocinadas y de tres naves cubiertas con techumbres de madera,  acompañadas con torres que reproducen a los antiguos alminares islámicos.

La esbelta torre de San Marcos alcanza los 22 metros de altura. Se decora con “sebka”, igual que la Giralda, en su parte más alta y con afiligranadas ventanas que disminuyen en complicación y tamaño mientras más nos acercamos al suelo. En 1603 Vermondo Resta le añadió el campanario.

En 1470 la Iglesia de San Marcos sufrió un incendio provocado por la gente del conde de Arcos (Ponce de León) en sus luchas con el conde de Niebla y el duque de Medina Sidonia (Guzmán). En las calles que le rodean se han vivido insurrecciones populares como la del Pendón Verde en 1521 o la del Motín de la calle Feria en 1652 y constituyeron la llamada Sevilla la Roja a principio del siglo XX; en 1936, fue de nuevo incendiada y permaneció cerrada al culto hasta 1970 cuando la abrieron los Padres Blancos.

Hará unos diez años, subí con Miguel Zapke a la azotea de la casa de vecinos rotulada con el número 1 para fotografiar la iglesia para el libro de Maratania, Sevilla, una mirada en el Tiempo. Unas encantadoras señoras descansaban en butacas en su patio. Amablemente nos permitieron subir y ellas, que vivían allí desde pequeñas, nos relataron los sucesos del 18 de julio del 36; cómo se formaron las barricadas y se incendió la iglesia, mientras que una de ellas, asustada, lo vivió todo debajo de su cama. Cuando las conocimos, su único temor era el de tener que abandonar sus viviendas dado su mal estado y que fueran compradas por una empresa de renta antigua. Temores, que al tiempo, creo, se hicieron realidad.

Y así, al darte la espalda, torre de San Marcos, medito como la vida va apartándose de los lugares que habitó, dejando solo ecos fugaces de una memoria que lucha por no sucumbir a los nuevos días.

San Marcos desde la azotea del número 1 de la plaza

San Marcos desde la azotea del número 1 de la plaza

Juan Pablo Navarro
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El zócalo de azulejos en el malecón de la calle Betis – Una prescindible iniciativa de dudoso gusto – 125

Azulejo ponieno Triana en la zapata de la calle Betis

Muchos ya sabréis que el Ayuntamiento tiene el proyecto de decorar el malecón de la calle Betis entre el puente de Triana y el de San Telmo con azulejos. El primero, en el centro, llevaría el nombre del barrio, el segundo estaría inspirado en un grabado de 1567 realizado por Anton Van Den Wyngaerde y el tercero recrearía otra estampa de la Sevilla antigua.

La iniciativa, de por lo menos dudoso gusto, irá seguramente unida a infinitivos como modernizar, dinamizar o el horroroso poner en valor. Será posible porque estará coaligada con la prodigalidad con que los sevillamos usamos los azulejos en donde no debemos, desde la fachada de una iglesia hasta una casa de vecinos, alcanzando al propio zócalo de azulejos en el patio del colegio de Arquitectos  (recuerdo que en los años setenta se llegó al culmen de este abuso: numerosas fachadas se cubrieron con azulejos de cuarto de baño por eso de la limpieza, la higiene y porque quedaba muy bonito).

A ello se unirá la perdida de lo que ya tenemos, un malecón cuya arquitectura procede de finales del XVIII y que sorprendentemente sobrevive. No entiendo la falta de cariño y la falta de respeto que tenemos los sevillanos con nuestra herencia; todo nos parece bien y viva el progreso que los tiempos adelantan una barbaridad. No, los sevillanos no necesitamos invasores para destruir nuestra ciudad.

La cosa es que me temo lo peor. No quería las Setas, aquí están; no quería la torre Pelli, cada día más alta, no quería la fuente piscinera de la Puerta Jerez, cada vez más vulgar. Perderemos dinero y perderemos el malecón para nada que no tengamos ya, pues ya está la torre de Santa Ana con su campanario de azulejos para, escribamos como políticos, dinamizar Triana.

Tengamos la esperanza de que nuestro Ayuntamiento rectifique a tiempo. Así sea.

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Juan Pablo Navarro
Maratania
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