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La Espadaña de San Juan de la Palma – 136

Espadaña de San Juan de la PalmaSevilla es ciudad de torres y espadañas. Mientras unas nos miran, las otras parecen ensimismadas con sus ojos entornados y humildes. Entre ellas está la de San Juan de la Palma, remate del envoltorio barroco que cubre a la iglesia mudéjar. El «Se acabó año de 1788» en azulejo blanco con letras azules sobre el hueco de las campanas nos informa de su juventud. Y así, queriéndola  humilde, joven y hermosa, cuando mis pasos se adentran por la calle Feria, no dejo de saludarla, esperando, algún día, atrapar su mirada.

Juan Pablo Navarro
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Miguel Zapke y la fotografía de 360º

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Sevilla y la Virgen del Pilar – 135

Virgen del Pilar Catedral de Sevilla

Virgen del Pilar de la Catedral de Sevilla

♦ La devoción a la Virgen en su advocación del Pilar está muy arraigada en nuestra ciudad de Sevilla.

Aunque sevillano, corre por mis venas añeja sangre aragonesa. Mi madre, María Pilar, natural de Zaragoza, pertence a una familia afincada durante siglos en el el aniguo reino de Aragón. Es por ello que la devoción a la Virgen del Pilar me la transmitió desde pequeño. Sin embargo, la devoción a la Virgen en su advocación del Pilar es algo muy arraigado en nuestra ciudad de Sevilla.
Así, existe el relato de que San Pío, obispo de Sevilla y de oficio escultor, fue testigo con Santiago apostol de la aparición de la Virgen del Pilar en el año 40 D.C a las orillas del Ebro. Este le encargó que, a su vuelta a Sevilla, esculpiera una imagen de la Virgen sobre un pilar, a la manera que ellos habían presenciado, para presidir las reuniones de los primeros cristianos. Así fue, trasladandose la imagen, siglos depués, a la basilica de San Vicente*. Con la invasión sarracena, esta imagen se perdería. (A mis hermanos y a mí hay algo que nos une a esta leyenda: somos sevillanos y medio zaragozanos y, además, hemos vivido durante toda nuestra infacia y juventud en la calle San Vicente* donde la Virgen del Pilar siempre estaba presente en nuestra casa).
Esta historia puede estar vinculado al hecho de que la Virgen del Pilar presida la capilla que se encuentra a la entrada de la Catedral por su cabecera en la puerta de Palos. ¿Podría ser que existiese en aquella época la tradición de que la Virgen del Pilar fue la primera patrona de Sevilla y que por eso se cediese a los caballeros aragoneses que entraron en Sevilla tras la Reconquieta una capilla tan privilegiadamente situada? No lo sabemos, pero, en cualqueir caso, podemos disfrutar de la excelente talla que esculpió Pedro Millán hacia 1500 y que preside dicha capilla.

Por otro lado, la devoción está vinculada a la parroquia de San Pedro, donde, de la misma manera que en la catedral, se vincula la Hermandad de Nuestra Señora del Pilar y Santiago Apostol a esos primeros caballeros aragoneses que vinieron con el rey san Fernando. En su capilla se venera una imagen del Pilar del siglo XVIII.

De principios del siglo XX es la talla de la Virgen del Pilar que se halla en el Santo Ángel. En esta iglesia, la comunidad aragonesa en Sevilla celebra cada 12 de octubre el día de la Virgen con una Santa Misa. En ella, los bellos trajes tradicionales de Aragón se unen al canto y al baile de la sonora, bella y profunda jota.

Sólo quiero referir un caso más, quizá el más conocido. En el paso de nuestra amada Esperanza Macarena, detrás del llamador, se encuentra una réplica en plata de la Virgen del Pilar. Así, cada madrugada, la devoción más popular se une a la más antigua para pasearse por Sevilla.

La cosa es que el relato de San Pío, sea cierto o no, me lleva a meditar sobre cosas que son reveladoras de nuestra ciudad. Lo primero, es la indiscutible devoción mariana de Sevilla; lo segundo es que sea un escultor nuestro primer obispo, cuando la escultura, cuando la imaginería, es tan relevante, a través de las imágenes que procesionan en la Semana Santa, en la religiosidad sevillana; y lo tercero es más universal, el sentido simbólico del pilar:

Pilar se asocia a la solidez que da confianza; sobre un buen pilar podemos construir un edificio seguro. La columna asocia el suelo y el cielo; por ello, es María soporte que nos acerca de la tierra al cielo. La columna nos asocia con la arquitectura, con el templo, con la construcción que hacemos entre todos para habitarla en común. ¡Sí, con la arquitectura! arte tan querido para mí y tan afín a las entradas de esta bitácora.

*Nota: La iglesia de San Vicente a la que se refiere la leyenda de San Pío sería probablemente la hace poco descubierta en el patio Banderas y no la actual parroquia de ese nombre aunque esta también se asienta sobre una antigua basílica paleocristiana.
 
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El Mercado de la calle Feria – Dos fotos, 10 años

Acercarse por la calle Feria y adentrarse por los pasillos de su Mercado es obligado para cualquier sevillano o forastero que quiera conocer el alma de Sevilla. Esto pienso y, por ello, no es extraño que haya aparecido en el primer libro de Maratania, Sevilla, una Mirada en el Tiempo (2000), y en Sevilla, la Ciudad y la Provincia (2011). La casualidad quiso que, en ambos libros, apareciese el mismo pescadero; eso sí, con diez años de diferencia:

sevilla, una mirada en el tiempo

Sevilla, una Mirada en el Tiempo (2000). Fotos: Miguel Zapke

Sevilla, Ciudad y Provincia

Sevilla, Ciudad y Provincia (2011). Fotos: Maratania

 

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Pedro Tortolero – Memoria de la Sevilla del XVIII – 133

Mucho de lo que conocemos de cómo era Sevilla en el siglo XVIII se lo debemos a él.

Pedro Tortolero se me ha aparecido dos veces este año. ¿Pedro Tortolero? ¿Quién es Pedro Tortolero? Pues fue un pintor, grabador y dorador del XVIII, discípulo del Domingo Martínez, el principal pintor sevillano del periodo. Como pintor, se conservan pinturas de factura endeble en la iglesia de San Nicolás de Bari y se le atribuyen las más interesantes pinturas murales de la parroquia de San Isidoro. Se sabe que murió en 1767 cuando dirigía las obras de decoración de la capilla sacramental de la Iglesia de Santa Catalina.

Es como grabador como descolló y mucho de lo que conocemos de cómo era Sevilla en el siglo XVIII se lo debemos a él: la Catedral, el Ayuntamiento, el Hospital de las Cinco Llagas, San Telmo, la Torre del Oro fueron minuciosamente representadas por su gubia.

Y decía que se me apareció dos veces. La primera fue en la preparación de nuestro próximo libro: Sevilla, casas sevillanas desde la Edad Media hasta el Barroco. En ella aparecerá publicada la más conocida de sus obras: La entrada de Felipe V en la ciudad de Sevilla en 1729. En ella se representa a la comitiva real atravesando el puente de Barcas, traspasando un arco triunfal y cruzando la ciudad con la catedral al fondo.

Pedro Tortolero entrda de Felipe V en Sevilla en 1729 2

Entrada de Felipe V en Sevilla en 1729 – Fundación Focus-Abengoa

Nuestro Padre Jesús de la Pasión – El Archivo de Pasión de Francisco Navarro

La segunda ocasión ha sido con nuestra nueva Bitácora: El Archivo de Pasión de Francisco Navarro. Repasando el material del archivo, descubrí que la representación más antigua de Nuestro Padre Jesús de Pasión era obra de Tortolero de 1747 y que este era hermano de la cofradía. Es una bellísima obra que !cómo no¡ representa en el fondo a la ciudad de Sevilla.

Mi imaginación me representa a Tortolero como al sevillano de siempre enamorado de su ciudad: paseando por ella, parándose en sus monumentos, cruzando sus calles, participando de sus tradiciones, miembro de los cortejos, espectador de la ciudad. Y me lo imagino como un hombre bueno que disfrutaría con un buen vino con sus amigos y compartiendo su vida con su famila, bienhumorado, sencillo, amable.

Su ciudad no lo recuerda con el nombre de una calle pero da igual; él la recuerda a ella como fue algún día hace ya casi 300 años.

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El Archivo de Pasión de Francisco Navarro Sánchez del Campo – 132

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Francisco Navarro Sánchez del Campo, doctor en medicina, ginecólogo y propietario de la ya desaparecida clínica de Nuestra Señora de los Reyes, estuvo vinculado desde su niñez a la sevillana Archicofradía Sacramental de Pasión. Perteneció a su Junta de Gobierno durante más de 40 años y fue su Hermano Mayor de 1988 a 1992. Fue, a su vez, Medalla de Oro de la Hermandad.

Durante todos estos años fue recopilando documentos sobre toda la historia de ésta, desde sus comienzos hasta la actualidad, muchos de ellos, originales. Los, cómo él denominaba, «Mis Libros de Recuerdo de Pasión, intentan abarcar la historia, hasta en su «letra menuda», de la Hermandad. Muchos hermanos de Pasión pasaron por su despacho en la calle San Vicente para examinarlos y disfrutarlos. Como depositario de este archivo es mi intención el irlos mostrando desde la  bitácora «El Archivo de Pasión de Francisco Navarro Sánchez del Campo»  poco a poco para su general conocimiento.

———————————

El Archivo contaba con un gran número de grabaciones que abarcaban los más importantes acontecimientos de Pasión durante 30 años hasta 1995. En dicho año, las donó a la Hermandad de Pasión.

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La parroquia de Omnium Sanctorum – La asamblea de todos los santos – 131

Tumba de los guzmanes

Cuando empezó el verano y decidí darme un descanso en la bitácora, me fui con la idea de que el siguiente artículo tratase sobre la iglesia de Omnium Sanctorum y, especialmente, de las tumbas de los Guzmanes. Lo que no previne es que, a finales de agosto, la hora infinita llegaría para mi padre. Y así, desde entonces, aprendo a convivir con el rumiar de recuerdos que lleva el duelo, con la aceptación de lo perdido y la frustración por lo deseado que ya nuca será. Y, por ello, no me extraña que, al pensar de nuevo en este artículo que quería escribir, la melancolía lo impregne y se una a él.

Y así, pensando, caí en la cuenta de que, ¡oh casualidad!, Omnium Sanctorum no está dedicada a san Pedro, a san Pablo ni a cualquier otro sino a todos los santos. ¿Y no son ellos sino todos aquellos que un día tú amastes y ya pasaron la puerta en la que encotraron a Cristo, quien transformó la negra noche en un luminoso día de suave brisa?. Y la tumba de los Guzmanes, ¿no sabes que están vacías como la del Resucitado y que solo debes recrearte en la contemplación de su belleza y atisbar la Belleza que tu padre ya contempla?.

Recuerdo los días de mi infancia cuando te admiraba; de mi juventud. cuando te situé en el estrado de mi juicio sumarísimo; y de adulto, cuando te acepté y te cuidé, aunque añorando los días que no fueron. Y así, en este pensar, me pongo en hoy, cuando me gustaría saber cómo escucharte sin saber cómo me oyes. Y desde ese no saber, doy las gracias a la Iglesia de todos los Santos que me invita a no tener miedo ni a la muerte ni a la vida y me ofrece encontrarte, parafraseando a Teilhard de Chardin, en la Eucaristía, ya que todas las comuniones de una vida constituyen una sola comunión y las comuniones de todos los hombres presentes, pasados y futuros constituyen una sola comunión… y saber que allí, padre, me oyes y aprender a escucharte.

Y, allí, contigo, amigo que me lees, querría encender una vela que nos ilumine y contemplar la belleza de esas tumbas vacías que nos recuerdan que tú, que yo, que él, seremos para siempre eternos junto a Él, junto a mi padre, junto a aquel que un día amastes.

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Francisco Navarro Sánchez del Campo – Un dulce servidor de Pasión – 130

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Mi padre, Francisco Navarro, con mi madre, María Pilar de Rivas, en la plaza de San Francisco

Era otoño del 37, un joven de dieciséis años, postrado ante Jesús de la Pasión, rogaba por su madre. Ella sufría los dolores del cáncer con los escasos paliativos de la época. Su petición era sencilla: “Señor, dale una muerte dulce”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y, especialmente, de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras antes de expirar fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, hace ya tantos años, en su despacho en nuestra casa de San Vicente, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Me vinieron los ecos de las palabras de Lucas:”Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Él encontró en la imagen sublime de Montañés la llamada de Cristo, ante el que todo se desplaza, y, así, él no fue un simple devoto de Pasión, ni siquiera un hermano ejemplar, fue más; la Hermandad fue su centro, su casa, su oficio, su vida. Yo no sé cuánto le acercó a conocer a Cristo este caminar; sí sé que alimentó su fe y que su servicio dio frutos, sí sé del cariño que muchos le tuvieron y que él les ofreció.

Por su fe, siempre estaba en su boca, cuando las cosas podían ir mal, un “Dios proveerá” al que todo confiaba. Por su fe, fue un hombre de oración. Por su fe, cuántas cosas se le regalarían que a mi me gustaría contarte y que él se las llevó.

Desde 1941 a 1972, año desde el cual fue miembro del Consejo de Cofradías hasta 1983, y desde 1980 a 1992, sirvió a Pasión desde la Junta de Gobierno, siendo Hermano Mayor de 1988 a 1992. Desde ella participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, las bocinas, los ciriales, la corona de la Virgen, las gestiones fallidas para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual más un largo etcétera del que se debe reseñar la organización, en 1970, del primer Grupo Joven de la Hermandad. Unido a ello, quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo para conseguir una sede propia que le diera una completa independencia. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona. Por último, su incansable labor de recopilación de documentos sobre Pasión que fueron formando su archivo; siempre abierto a todos los que lo quisieron consultar.

De la generosidad de mi padre hablan las donaciones al Señor de la túnica morada para el camarín y el cordón y cíngulo de oro para la novena, más distintas sayas y mantos más un puñal de Cayetano González para la Virgen, a lo que hay que añadir distintos enseres para la Hermandad. Y todavía más, las tantas veces, que ocultando su mano, ayudó a los hermanos que lo necesitaban.

En sus servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”.

De todos es sabido su especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor y volver al Misterio que había representado Pasión desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por mi parte, añado que, aunque mi deseo es también que el Cirineo vuelva a acompañar al Señor, cuando contemplo a Nuestro Padre Jesús de la Pasión sin su Cirineo con su cruz a cuestas, medito que, a modo de nuevo Misterio del Vía Crucis sevillano, nos recuerda a los cofrades de Sevilla cuántas veces dejamos de seguir a Cristo y de portar su cruz para ser público pasivo o actor que lo cuelga en la cruz de nuestros intereses. Dicho queda.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. En ellos depositaba una dulzura amable que, sin duda, a muchos les prendó y que será el recuerdo que para siempre de él se lleven. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él. A ellos unidos, todos los jóvenes de varias generaciones que él formó para la Hermandad: Serafín, José María, Jose, Juan Luis y muchos más que mi ignorancia no cita. Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

Así, su vida fue Pasión. Pero si la estación de penitencia es en la calle y concluye en el interior del templo, del hogar, así ocurrió con él. Su último momento ya no transcurrió de puertas afueras sino en su hogar, entre nosotros. Hace cuatro años, después de que durante tantos lo sostuviera, como buen cirineo, un bastón que formaba parte inseparable de su silueta, su cuerpo dijo basta. Pasó luego un sufrido año y, una mañana, los médicos nos dijeron que las posibilidades de sobrevivir a esa tarde eran casi nulas y, sin embargo, sobrevivió. Nos los trajeron y estaba transfigurado, el moribundo se había transformado y su rostro mostraba la misma estampa de la felicidad, de la dulzura y de la paz. Un rostro nuevo y radiante, que para siempre será mi mejor recuerdo, en el que yo creo fue el día más importante de su vida. A todos nos habló con un eufórico e inusitado gozo. De quien lo necesitó, le rogó perdón; a todos les mostró su amor y, sobre todo, a su mujer, a mi madre, María Pilar. Y su vida siguió en casa, de su dormitorio al cuarto de estar, rara vez salir y, si era así, esforzado por al anhelo de ver a Pasión. Tres años transcurrieron en que su estampa gozosa, poco a poco, se fue diluyendo, cada vez más aislado por su invalidez, por su sordera, por su cada día más escasa memoria pero, a su vez, resistiéndose a abandonarlo en todo lo que su ya escaso aliento le permitía.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece.

Como todo retrato, como toda imagen, ésta no deja de ser un atisbo, un simulacro, una apariencia que intenta descubrir una verdad. Para ello he buscado el rincón de mi corazón que más lo amaba ya que, al fin y al cabo, es desde el amor desde donde reconocemos la verdad. Y así, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano. espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

 

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Versión aparecida en el ABC de Sevilla  el 14 de septiembre de 2012

Era otoño del 37, un joven postrado ante Jesús de la Pasión rogaba por su madre que sufría los dolores del cáncer. Su petición era sencilla: “Señor, ¡dale una muerte dulce!”. Los días pasaban y ella había perdido la conciencia, pero el 6 de octubre despertó y, plena de lucidez, se pudo despedir de toda su familia y de su joven hijo. Poco a poco, se fue yendo plácidamente y sus últimas palabras fueron: “Señor, ¡qué muerte tan dulce!”. Esa mujer era mi abuela, ese joven era mi padre, muchos lo conocisteis, Ex Hermano Mayor y Medalla de Oro de Pasión: Francisco Navarro Sánchez del Campo.

Cuando me lo contó, comprendí algo del porqué de su locura por Pasión. Es por ello que no voy a hablar sobre su intensa labor como médico, ni de su clínica de Nuestra Señora de los Reyes, ni tampoco de su larga etapa en el Consejo de Cofradías en la que se inició la Madrugada de hoy, ni siquiera de cuando los pregoneros se elegían en nuestra casa de San Vicente. Recordaré su vida en Pasión, que fue su centro, su casa, su oficio, su vida.

En su servicio a Pasión siempre se guió, según el decía, “por respetar la esencia y la ortodoxia de los cultos, usos y costumbres de la Archicofradía, transmitidos desde la primeras Reglas y por nuestro mayores, aunque siempre sometido al magisterio de la Iglesia”. Y así, como simple hermano o desde sus más de cuarenta años en la Junta de Gobierno, participó en mucho de lo que es hoy patrimonio de la Hermandad: el paso del Señor, la corona de la Virgen, las gestiones para que la Virgen de la Victoria sustituyese a la antigua titular de la Merced y la elección de la actual, la organización, del primer Grupo Joven de la Hermandad y un largo etcétera.

Quizá fue el más incansable defensor de trasladar la cofradía a San Hermenegildo y puso especial empeño en recuperar el Cirineo para el paso del Señor como había sido desde su fundación en el siglo XVI. Bien sabéis que perdió el cabildo en que solicitó cerrar este, para mí, incongruente paréntesis. Por otro lado, atendió a numerosas autoridades en nombre de la Cofradía y, especialmente, a S.A.R. la difunta condesa de Barcelona.

El cariño con que muchos se le acercaban siempre me admiró; singularmente, los más sencillos. A mi memoria vienen sus amigos Paco Gutiérrez, Antonio Combet, Antonio de la Torre y muchos más que me gustaría citar y, entre ellos, al más sabio, José Sebastián y Bandarán, y a la más humilde, Angelita, la que durante tantos años fue la más pequeña de las hermanas pero la más cercana a Él.

Así, yo lo vi humilde con los humildes y paciente sufridor con los altaneros, como buen hermano de la Hermandad o de lo que esta debería ser: una comunidad cristiana de hermanos que siguen a Cristo y donde el servicio, el amor y el perdón rigen.

De su último día, que yo viví sin saber que iba a ser el último y sin comprender que de mí se despedía, guardo para siempre que recordó a la Virgen, que le dijo a mi madre que la quería y a mí que la cuidara y que, sencillamente, fuera bueno. No es mal testamento, me parece. Y ahora, desde el amor a este hombre bueno que fue mi padre, que fue tu amigo, que fue tu hermano, espero que yo y tú, que lo conocistes, lo recordemos con un rostro dulce como el de su madre a la que tanto añoró, como el de la Virgen de la Merced a quien se encomendó, como el de Jesús de la Pasión a quien siguió, y, haciendo mía su esperanza, deseo que contemple ya sus rostros para siempre. Así sea.

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La iglesia de Santa Marina – Arquitectura desnuda en la calle San Luis – 129

santa marina fachada y torre

santa marina.nave central con el cristo resucitado al fondoTiene Santa Marina algo que se me hace ajeno a Sevilla: su arquitectura seca y pura, su vacío. Sólo arquitectura, nada más. Y aquello que no lo es, las escasas esculturas, las mínimas pinturas, la parca orfebrería, me parecen ruido que perturba el silencio al que su desnudez nos llama.

Santa Marina fue víctima del fuego devorador del infausto 18 de julio del 36, que sólo dejó piedra sobre piedra o, mejor dicho, ladrillo sobre ladrillo. Así quedó, devolviendo mal por bien, tal como había nacido seiscientos años antes, en el siglo XIV. Y ello, pienso, me obliga a despojarme de mi mentalidad de hoy si quiero hacerla mía, atravesar su portada y deambular por sus naves. Cómo aceptar, si no, su advocación desde mi contemporaneidad: Santa Marina de Orense, como Santa Margarita de Antioquía, tiene su fama ganada porque venció al demonio en forma de dragón -que le había devorado y del que salió rasgando su vientre con un crucifijo- y por su muerte a consecuencia de las torturas a las que se le sometió por no negar a Cristo. Así que, como a un hombre del XIV, su portada enseña al cristiano que, de las fauces del demonio, del pecado, del mal, del desatino, la cruz nos libera cuando a ella acudimos y que, como Santa Marina, a nada debemos temer cuando afirmamos a Cristo.

Santa Marina saliendo del dragón con la cruz en la imposta de la portada. Fuente: http://usuarios3.arsystel.com/santamarinasev/

Santa Marina saliendo del dragón con la cruz en la imposta de la portada. Fuente: http://usuarios3.arsystel.com/santamarinasev/

Y pasada la prueba de la razón, traspasamos su portal para un mayor reto, vencer a nuestro corazón. Como buen sevillano querría altares dorados que me deslumbrasen y me contasen sus historias; pero nada hallo, sólo vacío. Así que corro y huyo, atravesando sus naves para alcanzar la esquina donde se encuentra la capilla en la que la leyenda cuenta que se encontró una Piedad de barro que dio origen a la Hermandad de la Mortaja Y allí me apaciguo con la exquisitez de su bóveda de lacería y distraído por su belleza cruzo de nuevo las naves, olvidado del silencio, para llegar a la capilla sacramental. En ella, se nos recuerda nuestra historia: capiteles de acarreo tardorromanos, cúpula gallonada de herencia islámica y altar con azulejos cristianos y, sobre él, el sagrario. Y mi corazón recuerda al amortajado que resucitó, al pan que es cuerpo, a la presencia eterna que grita en el silencio y, ahora sí, vuelvo a sus naves donde recorro su arquitectura desnuda en la que ya el ruido no me perturba y siento que el templo no es como panza de dragón que devora sino como seno materno del que se nace y del que, como Santa Marina, se sale asido a la cruz que siempre vence.

Y en la calle, caminando, tras el encuentro con el sentido de la arquitectura me descubro a mí mismo como arquitectura con sentido y, en ese instante, sonrío porque mi paso se hace más firme, como sabiendo adonde va.

Santa Marina capilla de la piedad

Capilla de la Piedad. En ella residió la Mortaja hasta 1936. Actualmente, se encuentra la Virgen de la Aurora de la Hermandad de la Resurrección.

Santa Marina con su hijoSanta Marina se representa en la portada con un niño. Al igual que la historia del dragón, La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine recoge también otro relato en el que el padre de Santa Marína profesa en un convento y la hace pasar por hombre para no separarse de ella. Pasados los años, una mujer la acusaría de violación pero ella prefirió no delatar su condición de mujer para mostrar la imposibilidad de la acusación. Expulsada del convento, permaneció años junto a su puerta cuidando al niño de la acusadora. Tiempo después, los monjes, sorprendidos por su humildad y bondad, decidieron readmitirla. Allí pasó el resto de sus días. No fue hasta amortajarla cuando se descubrió que, en realidad, era mujer.
Juan Pablo Navarro
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