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A cada día su afán, Óscar Wilde y la casualidad (III) – 18

Óscar WildeEstaba la semana pasada preocupado por esas cuentas que no salen. Por las expectativas de ingresos y gastos para este año que mucha imaginación y trabajo tendré que echarle para poder cuadrar. Uno de esos momentos en que miramos con nuestra imaginación el futuro inabarcable con desconfianza y desasosiego. Cuando nos sentimos vulnerables y no sabemos andar sobre el mar, y el miedo nos hace hijos del agobio.

Y, ¡oh  casualidad?, el domingo escuché uno de mis textos más queridos, esas hermosas palabras que Mateo pone en boca de Cristo: «No os inquietéis por vuestra vida, pensando qué váis a comer, ni por vuestro cuerpo, pensando con qué se van a vestir…  Mirad los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valéis más que ellos? ¿Quién de vosotros, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué os inquietáis por el vestido? Mirad los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo os aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por vosotros, hombres de poca fe! No os inquietéis entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?… El Padre que está en el cielo sabe bien que que lo necesitáis. Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os inquietéis por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su agobio.»

Oscar Wilde lo comenta como nadie en «De Profundis»: Cristo fue la primera persona que dijo a los hombre que debían vivir como las flores. Él fijó la frase... Dijo que no había que tomar demasiado en serio los intereses materiales, comunes; que ser impráctico es una gran cosa. Los pájaros no lo hacen ¿por qué ha de hacerlo el hombre?. Cristo trató el éxito mundano como cosa absolutamente despreciable… Miraba las riquezas como un estorbo para el hombre… Señalaba que las formas y las ceremonias se habían hecho para el hombre, no el hombre para las formas y ceremonias… Las filantropías frías, las caridades públicas ostentosas, los pesados formalismos… los denunció con desdén total e implacable… El predicó la enorme importancia de vivir completamente para el momento. Lo único que Cristo nos dice a modo de pequeña advertencia es que todo momento debe ser hermoso, que el alma debe estar siempre dispuesta para la venida del Novio, siempre esperando la voz del Amante…” ¿Qué puedo añadir a esto?. Quizá sólo recordar que entonces Wilde había perdido su fama, sus riquezas, su amante, su mujer, sus hijos, su salud, vivía prisionero en la cárcel de Reading y sólo le quedaba la «absoluta humildad».

Hoy sigo agobiado con el mañana, sigo temiendo los caminos que se bifurcan; y es que el mismo Wilde lo advertía: “Cuando digo que estoy convencido de estas cosas hablo con demasiado orgullo… Se puede captar una cosa en un momento único, pero se la pierde en las largas horas que le siguen con pies de plomo… Es en la Eternidad donde pensamos, pero nos movemos despacio en el Tiempo.” Así que pienso en Aquel que no tenía ni dónde reclinar su cabeza y en el poeta doliente en la cárcel de Reading y me digo, sí, hoy, sólo hoy, me ocuparé de los afanes de este día.

Sacar un ojo, cortar una mano; la casualidad (II) y el entusiasmo – 13

Escribí sobre la casualidad el otro día, a propósito del diseño de una caja de pasteles para el convento de Santa María de Jesús, y, casualmente, a los pocos días, me llamó  mi amigo Miguel Ángel López, el arquitecto que altruistamente dirige la rehabilitación del convento de Madre de Dios. Me invitaba a una reunión en la que se iba a estudiar la posibilidad de crear una fundación para ayudar a las monjas y quería, también, que colaborase en el diseño de una guía del convento.

Así que este domingo caminaba hacia allí. Venía de participar en la Eucaristía y, mientras andaba, meditaba sobre el Evangelio del día (Mateo 5, 17-37). Habla sobre la radicalidad del seguimiento de Cristo; con metáforas extremas que usan como imágenes las penas que una despiadada ley aplica cuando se incumple, expone como debe ser nuestra actitud y como se debe pasar de una norma ajena que imponen otros a una propia ejecutada por uno mismo (…, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; … Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; …), para alcanzar la plenitud. Parecida actitud a la del artista, a la del médico, a la del alpinista que viven con entusiamo su vocación. Pues bien, iba a tener la suerte de contemplar el rostro de alguien que se había tomado estas palabras en serio.

Ya en el convento, en una sala aledaña a la iglesia, un buen grupo de personas hablamos sobre problemas, sobre como solucionarlos, sobre crear una fundación, estábamos contentos de oírnos, y, mientras tanto, la abadesa, siempre callada, nos escuchaba con una humilde y plácida sonrisa. Era la primera vez que la veía. Así que, al acabar la reunión, me presenté. Conversamos sobre el Arte y sobre Dios; afirmaba como esos artistas  que habían labrado el extraordinario templo donde nos encontrábamos participaron de esa luz intensa que nos ilumina en nuestro corazón. Y que reconocemos que no es nuestra, que es de Otro, le indiqué. De lo que ella dedujo, sabiamente, que por eso, los que la abandonaban no caían en la cuenta de que habían renunciado a algo. Su rostro era más radiante que el de una mujer enamorada, sólo contemplarla contagiaba la alegría. De repente, con arrobo, acercando el Evangelio que tenía en sus manos a los labios, lo beso tiernamente mientras sentenciaba: cada vez que lo leo caigo en la cuenta de cuanto me queda por comprender.

De la misma manera que una pareja que se ama sabe que solo la eternidad es tiempo suficiente para encontrarse, ella sabía que solo la eternidad es suficiente para conocer a su esposo, Cristo. Sin duda, nunca había visto a nadie con esa alegría, con esa humilde placidez, con ese entusiamo. Ella, seguro, ya vive el Reino de Dios.

 

Casualidad, Santa Clara y The National – 7

Siempre sorprende la casualidad y quiero contaros la que me ha ocurrido a mí. Como comentaba en La Clausura de Santa María de Jesús de Sevilla, la comunidad va a abrir un obrador con recetas de las monjas clarisas. Me comprometí a diseñarles una caja para los pasteles. Así que me puse manos a la obra.  Abrí Spotify para escuchar a The National e Indesign para trabajar: calculo las medidas, trazo los plegados; sólo puede ser a una tinta y elijo el pantone 326 para dar sensación de producto exquisito; pongo el nombre, dulces de San Pancracio; inserto una imagen con degradado de un artesonado del convento; en las solapas, una imagen de San Pancracio y otra de Santa Clara; en la base de la caja, la historia del convento y una breve biografía de la santa,  fundadora de las clarisas y discípula de San Francisco de Asís. Acabé.

Me voy a Spotify y, para mi sorpresa, la canción que suena de The National es Santa Clara. Pero ¿tiene The National una canción que se llama Santa Clara?. Pues sí. Así, que por la tarde, le cuento la historia a mi amiga y profesora de yoga, Gracia. Y ella me cuenta su casualidad. Estaba en la playa con más gente de Europa, Chipiona,  leyendo una biografía de San Francisco de Asís, cuando se levanta para reflexionar y, a los pocos pasos, entre tantas personas, ve un objeto brillante. Se agacha, es una medallita dorada. ¿De quién? de quién va a ser, de San Francisco de Asís; sí, el maestro de Santa Clara.

Decía James Joyce que hemos venido a aprehender los signos de las cosas y, entonces, qué sentido encontramos a las casualidades: ¿la posibilidad de disfrutar de la belleza de una boba coincidencia?,¿la oportunidad de reflexionar?, ¿un motivo para cambiar el rumbo? o no tienen sentido ninguno.

La metáfora favorita de Borges es la del laberinto, la vida no deja de ser un cruce de caminos que se bifurcan. Las casualidades, digo yo,  no dejan de ser cruces más sorprendentes que otros. Pero estos cruces deben ser acicates con sentido y no cauces para la nada y el miedo. El hombre de fe, puede ser bueno o malo, ignorante o sabio, útil o inútil, pero tiene una ventaja, su vida la sabe con sentido, la sabe acompañada. San Mateo nos cuenta:  ¿no se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos (otro laberinto ¿no?) están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos. Así que esos cruces que se bifurcan están contados. Pues eso, esta historia, incluido este acompañamiento final de lira y guitarra,  está ya contada.

Juan Pablo Navarro
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El baile de espadas del “Patatú” de Obejo, la Bachimachía – 6

San Benito - ©Maratania

San Benito - ©Maratania

Obejo

Los primeros de la fila levantan una espada en arco y bajo ella pasan todos los que siguen y así sucesivamente - ©Maratania

Obejo es un pequeño pueblo de la Sierra Morena Cordobesa. El domingo más próximo al 24 de Marzo y el segundo sábado de Julio, coincidiendo con el día de san Benito, se celebra la romería del santo. Tras una misa en la ermita, santuario típico de la arquitectura serrana del XVIII, se desarrolla la procesión del santo en la explanada donde se encuentra aquella. Como es tradicional en muchas procesiones populares, el manto del santo se cubre con los donativos de los romeros.

Acompañan a la imagen, danzantes interpretando un ancestral baile de espadas, llamado Bachimachía. Vestidos con chaquetilla corta de pana marrón, camisa blanca, pantalón de pana lisa color avellana, fajín rojo y botas, desfilan con la mano derecha en la empuñadura de la espada propia, y con la izquierda en la punta de la del danzante anterior. Los primeros de la fila levantan una espada en arco y bajo ella pasan todos los que siguen y así sucesivamente.

La danza concluye con el degüello simbólico del Hermano Mayor, conocido como “el patatú”. Sin embargo, al final se le libera y, saltando, se separa del corro de espadas.

Bachimachia

En fila, cogen con la mano derecha la empuñadura de la espada propia, y con la izquierda, la punta de la del danzante anterior - ©Maratania

Rodeado por el paisaje de la Sierra, el viajero atento no solo disfruta de la rítmica danza de espadas y del teatral desenlace, se sabe participe de un ritual centenario que un pequeño pueblo mantiene vivo con orgullo.

Los danzantes rodean al Hermano Mayor y simulan su degüello. Al final se libera y saltando se separa del corro de espadas - ©Maratania

Juan Pablo Navarro
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La Clausura de Santa María de Jesús de Sevilla – 5

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monjas clarisas – ©Maratania

Claustro de Santa María de Jesús San Benito - ©Maratania

Claustro de Santa María de Jesús San Benito – ©Maratania

Calvario del claustro - ©MarataniaMi padre fue médico de varios conventos sevillanos como Santa Clara, Santa María la Real y Santa María de Jesús. En algunas ocasiones le acompañé y pude entrar en sus clausuras. Conocí entonces sus grandes patios, sus tesoros ocultos y la pobreza por su falta de recursos. Con los años, cuando preparaba la edición de Sevilla 360º, se me ocurrió fotografiar la clausura de las clarisas de Santa María de Jesús.

Me recibió una comunidad sumamente alegre de monjas españolas, mejicanas y de otras naciones. Incluso, una novicia calabresa, bellísima, por cierto, que había huido aquí desde su Italia natal para seguir una vocación a la que sus padres se negaban. Miguel Zapke, el fotógrafo, y yo compartimos un día delicioso con ellas. Con sencillez y humildad se prestaron a ayudarnos. Las vimos orar en la iglesia y en el coro, y trabajar en las múltiples labores que las ocupan diariamente.

Azulejo de Jesús de la Pasión - ©Maratania

Azulejo de Jesús de la Pasión – ©Maratania

Antes de entrar en la clausura, un azulejo con el lema de «Paz y Bien» indica la disposición en que se debe entrar. Su claustro renacentista no será de los más bellos de Sevilla pero recuerda al encanto de un patio de vecinos: macetas y jaulas con canarios, una humilde fuente en el centro, azulejos en el zócalo, un calvario en la entrada. Sobre una puerta, un azulejo de Jesús de la Pasión donado por mi padre, Francisco Navarro Sánchez del Campo, a la comunidad en los años setenta.

Celdas - Foto de Miguel Zapke©

Celdas – Foto de Miguel Zapke©

El convento ha sido remozado por el ayuntamiento tras la cesión a éste del convento de Santa Clara.

Ello ha hecho superar las lamentables condiciones higiénicas que habían sufrido en pasadas décadas. Incluso, un ascensor nos llevó desde una habitación aledaña al patio a la clausura. Me quedé sorprendido por su curiosa arquitectura; las celdas, con sus techos a un nivel inferior al de la planta, ofrecen la impresión de casas y sus corredores parecen calles. En una sala a modo de museo, conservan un encantador belén en una vitrina. En el coro alto, una cubierta mudéjar recoge la oración de las monjas y una reja a los pies deja ver la iglesia. Su retablo es obra de 1690 de Cristóbal de Guadix con esculturas de Pedro Roldán, salvo la Virgen que la preside. Pero es una humilde talla de San Pancracio en una de las peredes la que atrae una gran devoción popular.

Como la mayoría de los conventos, sufre de la penuria económica. Durante muchos años han encuadernado libros para financiarse; ahora van a abrir un obrador con recetas de monjas clarisas, espero que tengan suerte con él. En cualquier caso, la Providencia siempre está con ellas.

Iglesia - Foto de Miguel Zapke©

Iglesia – Foto de Miguel Zapke©

Juan Pablo Navarro
Maratania – Edición. diseño, maquetación y servicios editoriales – Sevilla
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