Tag Archives: Religión

¿Qué probó su muerte? – 45

Hoy es Viernes Santo. Cristo ha muerto en la cruz. Su muerte era la prueba que necesitaban para desenmascararlo. El poder religioso de Israel se alió con el poder político de Roma y lo crucificó. Habían ganado. Dios no había venido en su ayuda para bajarlo de la cruz. Estaba claro, era un falso profeta y ellos tenían razón. La razón del poder había triunfado. La muerte lo había probado. Ese hombre que había predicado un Reino de Dios que habitaba en el corazón de cada hombre, que había ofrecido el perdón y el servicio de unos a otros como los signos visibles de su reinado, había sido derrotado.

Cristo había muerto gritando el salmo 22, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? El silencio de Dios se hace expreso en su boca. Pero a los tres días resucitó. El Dios débil, muerto solo en la cruz a manos del dominio de los hombres, había cambiado el sentido de la humanidad: el mal, el sufrimiento y la muerte ya no eran la última palabra, causa de vacío y de desesperación. El amor, el perdón y la vida eterna era el tesoro que tendríamos que compartir una humanidad de hermanos.

Para muchos, la muerte sigue siendo la prueba del fracaso. Como Pilatos, creen que la Verdad es inalcanzable y es mejor confortarse con las  cosas de aquí, sobre todo la más golosa, dominarnos los unos a los otros. Para otros, Cristo reina desde entonces y buscan vivr confiados en Él porque ya nos salvó. Desde entonces, una pregunta nos acucia ¿Creemos en la muerte que dio razón al poderoso o en la resurrección que justificó al débil?

Así concluye el salmo 22:

Todos los confines de la tierra
se acordarán y volverán al Señor;
todas las familias de los pueblos
se postrarán en su presencia.
Porque sólo el Señor es rey
y él gobierna a las naciones.
Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia;
todos los que bajaron a la tierra
doblarán la rodilla ante él,
y los que no tienen vida
glorificarán su poder.
Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia
a los que nacerán después,
porque esta es la obra del Señor.

Juan Pablo Navarro
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El gozo de la Semana Santa sevillana – Vista, oído, olfato, tacto, gusto y corazón – 44

El Arte ha buscado siempre alcanzar una obra que satisfaga a todos los sentidos y al espíritu. En la Semana Santa sevillana se encontró ya hace decenios. La vista alcanza a contemplar la belleza de las imágenes, el colorido de la  procesión, la emotiva danza de los pasos. El oído se recrea en los sones de la música, en el arrastrar de los pies de los costaleros, en el cantar de las saetas. El olfato huele las flores, el incienso y la cera, mientras el tacto siente como los labios besan la madera de vírgenes y cristos, el roce de la bulla y la piel se emociona en un momento eterno. Hasta las torrijas, los pestiños y la comida de cuaresma deleitan el sentido del gusto.

A este arte total lo redondea la necesaria participación activa del público fiel que las contempla en silencio o bullicioso, sentado o de pie, quieto o moviéndose con la multitud. Unido a la cofradía como devoto o espectador, orante o festivo, como simple curioso o colmado de pasión.

sevilla sevilla semana santa cachorro 1923

El Cachorro en 1923

Y qué decir del espíritu. Todo serìa una simple pantomima si la representación que se lleva a cabo no recordara el hecho religioso de la muerte de Cristo. Todo sería vacío si las imágenes no le simbolizaran a Él. Todo sería falso si los actores de la Semana Santa no creyesen esta realidad de fe. Esto es de tal manera, que esta religiosidad impregna la actitud del cristiano y, también, la de todos aquellos que acuden a la Semana Santa movidos por la tradición, la experiencia del rito o la belleza de las procesiones.

La Semana Santa es así un completo goce de los sentidos, una simbiosis entre actores y espectadores, una forma única en que toda una ciudad, Sevilla, se une ante un hecho religioso para creerse y crearse cada año con ritos centenarios y, a su vez, llenos otra vez de novedad, de fe y de amor. Es la conmemoración plena de la muerte de Cristo y la expectativa, ya festiva, de su Resurrección.

Juan Pablo Navarro
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Shahbaz Bhatti y el tiempo del perdón – 43

Shahbaz Bhatti

Shahbaz Bhatti

«Rezad por mí y por mi vida. Soy un hombre que ha quemado sus barcos, no puedo y no quiero retroceder: voy a luchar contra el extremismo y defenderé a los cristianos hasta la muerte»

Se llamaba Shahbaz Bhatti, una lluvia de tiros lo mataron. Lo mataron unos hombres piadosos. Él lo sabía. Era el ministro para las minorías religiosas de Pakistán y había recibido numerosas amenazas de muerte por su intento de derogar la ley sobre la blasfemia, que condena a muerte a quien insulte el Islam o al profeta Mahoma. Era uno de estos raros políticos que consideran que el poder no es para dominar sino para servir; y eligió servir a los débiles y, entre ellos, a la más débil: una mujer, una madre, una prisionera, católica como él, Asia Bibi, condenada a muerte por esa ley.

Sí, él sabía que lo iban a matar y, el 2 de marzo de 2011, ocurrió. Sí, él lo sabía y, por eso, dejó un mensaje para después de su muerte: «Sólo busco un sitio a los pies de Jesús… me consideraría un privilegiado si (por  ayudar a los necesitados, los pobres y los cristianos perseguidos de Pakistán)  Jesús quiere aceptar el sacrificio de mi vida.»

Sin duda, Caín era un hombre piadoso, de esos que creen que Dios le debe algo por ello. Pero ya sabéis que, entre Caín y Abel, las cosas no fueron bien. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. Su vida futura sería el exilio; y él, que se había hecho señor de la vida de su hermano, temía por la suya:

«Mi culpa es grave y me abruma. Si hoy me haces extranjero en esta tierra, tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.

El Señor le dijo: El que mate a Caín lo pagará siete veces.

Y el Señor marcó a Caín, para que, si alguien tropezaba con él, no lo matara.»

Caín no busca el perdón, vive en una angustia que le abruma y ve, en los demás, asesinos como él que no respetarán su vida. Sin embargo, Dios no sólo no ejecuta al asesino de Abel sino que, tras mostrarle que sin Él sólo se vive como un ser errante, le brinda su protección. ¡Qué idea de Dios tan sorprendente la que tenía este escritor de hace más de 2.500 años! No es de extrañar que la asociación contra la pena de muerte vinculada al Partido Radical italiano se llame «Nadie Toque a Caín».

El autor del Génesis imaginó un mundo perfecto en sus inicios, sin violencia, un mundo en el que, incluso, todos eran vegetarianos:

“Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde”.

Sin embargo, ese mundo idílico se había roto. Entre los descendientes de Caín está un malvado llamado Lamec. Esta es su justicia:

«Yo maté a un hombre por una herida, y a un muchacho por una contusión. Porque Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete».

Su justicia es una cruel venganza. Aquí resume el Génesis el punto más bajo de la humanidad.

Siglos después, un hombre joven recorrió los campos de Israel proponiendo el perdón como el centro de su doctrina: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mateo 18, 21-22). A Él también lo mataron unos hombres piadosos. Sí, Él lo sabía. Y, en su muerte, tal como lo narra Lucas, también estaría el perdón en el centro:

«Lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: ¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino. Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Sí, él ofrecía un perdón gratuito y perdonaba a todos porque no sabían lo que hacían. Cómo no perdonar al que camina a ciegas y derrumba todo lo que con él se tropieza porque sin Luz sólo se puede caminar errante.

Paul Bhatti, el hermano de Shabazz, ha dicho: «No he dudado en perdonar a los asesinos… para un cristiano, es un paso necesario para combatir el odio».

Juan Pablo Navarro
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A propósito de la Semana Santa, a propósito de Silvio – 40

Silvio de pequeño pidiendo cera en Semana Santa

Silvio de pequeño pidiendo cera en Semana Santa

Cuando se acerca la Semana Santa inicio mis ritos musicales anuales: marchas procesionales, el Miserere de Eslava, la Pasión según San Mateo de Bach; ésta, siempre  el Jueves Santo; el Requiem de Mozart, el Viernes y el Sabado Santo; por fin, el Domingo de Resurrección, el Cuarteto para el Fin de los Tiempos de Messiaen.

Y a todo esto, siempre añado La Pura Concepción (Swing Maria) de Silvio. Silvio, el genial Silvio. Silvio, que pasó en carne inmortal por la ciudad de Sevilla y que nos enseñó la dignidad de ser enteramente libre.

¿Quién era Silvio? ¿Qué era Silvio? Silvio era Silvio. Al igual que Dios Es el que Es y cualquier definición más allá de ella lo estrecha y recorta en su trascendencia, Silvio era el que era y solo su trato acercó a entenderlo. Todos los que tuvieron la suerte de conocerlo (como te envidio, Paquico, hermano mío) o sólo lo escucharon en sus conciertos, en sus discos, en sus entrevistas, o sólo se cruzaron con él por cualquier calle de Sevilla, por cualquier bar, sabían que recibían un regalo único de un hombre que era plenamente generoso, de alguien que era inimitable por la sencilla razón de que nunca era otro, siempre era, exclusivamente, él mismo.

Ya Eddie Cochran no encontrará un corazón más sureño para que lo cante, ni Pive Amador un mejor amigo para su música, ni una canción italiana más sevillana gracia, pero, al menos, su carne inmortal se nos insinuará al volverle a escuchar en un disco y, con un gin-tonic en la mano, brindar por el Sevilla F.C, por la Semana Santa y por la Purísima Concepción.

Juan Pablo Navarro
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El silencio interior – 37

Hoy, el artículo me lo ha regalado por correo mi amiga Gracia Rufo, mi profesora de yoga y, por tanto, mi instructora en la meditación interior:

«El silencio no es la ausencia de ruido sino de ego. El ruido del ego es el murmullo continuo de lo que hay que conseguir o que defender. El silencio, en cambio, es el acallamiento de ese murmullo, un estado de apertura y de agradecimiento ante una Presencia que está permanentemente en todo y a la que se llega por medio de la autopresencia.» – Javier Melloni, s.j, teólogo

Aquí tenéis un vídeo interesante en el que Javier Melloni habla sobre «Encontrar a Dios en el silencio».

Desde pequeño, desde que me enseñó mi madre la primera oración, ésta ha sido una compañía en mi vida, pero fue en los jesuitas donde tuve mis primeros inicios en la meditación. Ya, cuando tendría unos 15 años me intentaron enseñar las ancestrales técnicas orientales para alcanzarla. Se quedó allí la experiencia. Luego con el Padre Navarrete, s.j. y las lecturas de Tony de Mello, s.j., la retomé.

Con un libro clásico de la espiritualidad rusa, «El Peregrino Ruso«, que os  recomiendo, conocí la oración continua de Jesús, que consiste en recitar «Señor Jesús, ten compasión de mí», acompañando a cada respiración. Ese es mi «mantra», mi oración, cuando practico la meditación interior, de la que sigo siendo un mero aprendiz a tiempo parcial.

Juan Pablo Navarro
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Terremotos, muerte, sufrimiento y Dios – 29

James Joyce decía en su Ulises que hemos venido a aprehender los signos de las cosas.Terremotos, maremotos, guerra, horror, dolor y muerte nos interrogan ¿tiene esto algún sentido? ¿no son suficientes razones para negar a Dios? El que alega esta causa tiene la imagen de un Dios bueno, enemigo del mal. ¿No es éste el Dios de Jesús? Es una paradójica esperanza que, en estos tiempos de descreimiento, la imagen que Jesús dio de Dios sea en la que crean la mayoría de los agnósticos y ateos. Esto es una bendición, ya que los creyentes, agnósticos y ateos que creen en el Dios cristiano son hombres que buscan, aunque sea a ciegas, el camino que a Él lleva y libera, porque hay otros que adoran a Baal y a los becerros de oro que hacen esclavo al Hombre y lo  sacrifica en sus altares. En realidad, cuando no creemos en Dios, creemos en un ídolo; y esto vale para los que creen creer en Dios y para los que creen no creer en Él.

Para los cristianos, Jesús es Dios hecho Hombre. Como nosotros, compartió el sufrimiento, el mal y la muerte. Y ésta fue trágica: solo, abandonado por sus discípulos, desacreditado, vencido, torturado. Con la única compañía de algunas mujeres y del discípulo amado, su madre lloraba a un hijo que ante sus ojos moría en una cruz.

Pero los cristianos no creemos que Jesús acabó fracasando ante la muerte. Porque sabemos que Él nos enseñó que Dios está con el que sufre, que con cada hombre que acompaña al sufriente es Dios mismo el que se acerca. Porque sabemos que el Mal no tiene la última palabra y que el perdón nos redime. Y porque sabemos que la muerte no es el final, que la resurrección nos espera hoy siguiendo a Jesús y más allá de nuestra vida terrenal cuando miremos cara a cara al propio Dios

El genial Mingote lo explicaba de manera certera, válida para creyentes y no creyentes. En su viñeta, con el fondo de una paisaje de escombros, un soldado rescataba en brazos a una mujer y se leía:»Menos mal que él también es naturaleza».

Vuelvo a acudir a mi admirado Óscar Wilde y a su De Profundis escrito en su trágica estancia en la cárcel de Reading:

“Aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables, no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro… que no hay nada en el mundo que no tenga sentido, y el sufrimiento menos que nada…

El secreto de la vida es el sufrimiento…Cuando empezamos a vivir, lo dulce es tan dulce para nosotros, y lo amargo tan amargo, que inevitablemente dirigimos todos nuestros deseos al placer…ignorantes de que mientras tanto podemos realmente estar matando de hambre el alma.

Recuerdo haber hablado una vez sobre este tema con una de las personalidades más hermosas de cuantas he conocido: una mujer… una persona para quien la Belleza y el Dolor caminan de la mano y tienen el mismo mensaje…recuerdo haberle dicho que en una sola callejuela de Londres había un sufrimiento bastante para demostrar que Dios no amaba al hombre… Estaba totalmente equivocado. Ella me lo dijo, pero yo no lo podía creer. No estaba en la esfera en donde se alcanza la convicción. Ahora me parece que el Amor de alguna clase es la única explicación posible de la extraordinaria cantidad de sufrimiento que hay en el mundo…

Cristo realizó en toda la esfera de las relaciones humanas esa simpatía imaginativa que en la esfera del Arte es el único secreto de la creación. Él comprendió la lepra del leproso, la tiniebla del ciego, la fiera miseria de los que viven para el placer, la extraña pobreza de los ricos… te habría enseñado que le que le ocurra a otro te ocurre a ti…

Es el alma del hombre lo que Cristo anda buscando siempre. La llama el Reino de Dios y la encuentra en toda persona…»

Sí, es cierto, el sufrimiento, el mal y la muerte deben sernos una revelación y no una estéril pregunta sin fruto; contemplar a Cristo en nosotros mismos y en el otro  es la manera de enfrentarse a su sentido. Y aunque la duda nos haga andar con pies de plomo, cada vez, aunque solo sea una, que esta revelación nos alcance, sabremos que sí, que realmente vivimos y sabemos dónde vamos y a Quién vamos. Es ese el afán de cada día.

Juan Pablo Navarro
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El tiempo de las bendiciones – 26

Las tentaciones de Gustavo Doré

Grabado de las tentaciones de Cristo por Gustavo Doré

El cristianismo vive durante 40 días la cuaresma, el tiempo de las bendiciones, el tiempo del perdón que culmina con Cristo en la cruz y con Cristo resucitado. En el camino que propone la cuaresma, ayer domingo, cientos de millones de personas reflexionaron sobre las tentaciones de Cristo (Mt 4, 1-11). Entre estas, aviso para despistados, no aparece ninguna Magdalena desfigurada por un superficial vendedor de best-sellers. No, Mateo nos sorprende con la profundidad con la que la comunidad cristiana, 50 años después de la muerte de Cristo, había reflexionado sobre Él, sobre el Mal, sobre las tentaciones que viviría la Iglesia y sobre cómo la juzgaría el Mundo. Asombra como esta comunidad insignificante e irrelevante en esos momentos se plantea que el mundo le va a interpelar con toda su fuerza.

Mateo nos presenta la escena con Cristo en el desierto, hambriento tras 40 días de ayuno. El diablo se acerca a Él y le tienta en tres ocasiones. Básicamente, ¿cuáles son?: la primera es por qué no satisface por cualquier medio el hambre; la segunda, por qué no nos demuestra la existencia de Dios y nos libra de la incertidumbre; la tercera, por qué no domina el mundo e impera sobre él. Muchos se preguntarán cómo Mateo puede considerar que estas sean tentaciones, ¿no es justo saciar nuestra hambre, probar la existencia de Dios, emplearse del poder para alcanzar un mundo justo? Pues sí, las son y a todas Cristo respondió un claro no. El Mal, cuando quiere embaucar al que busca el bien, siempre se presenta bajo la apariencia de lo mejor, de lo moral, de lo correcto, de lo real y constatable en donde Dios nos parece ilusorio e innecesario; sólo aparece bajo su realidad sucia y burda al que ya es esclavo de su poder.

No, no es o bueno usar nuestras facultades para obtener bienes materiales egoístamente olvidados del prójimo y de Dios, solo el pan no redime al hombre; no, no se alcanza la sabiduría sin el camino del aprendizaje; no, no da el fruto de la paz el dominar sino el servir.

Repasémoslas. Como decíamos, Cristo está hambriento en el desierto, en el lugar donde todo lo necesitamos, y se acerca el diablo y le dice «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes» y le responde: «está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Puedo imaginarme un hombre que posea todo lo necesario y lo útil. Puedo imaginarme su vida fría como el hielo. La propuesta de Cristo es diferente. El no niega el pan necesario, en la multiplicación de los panes veremos como da de comer a la multitud. Los momentos son diferentes, el primero, un sucedáneo de pan egoísta olvidado de Dios, el segundo, hombres que buscan a Dios, que oran a Él y que comparten fraternalmente. Es más, Cristo nos regalará otro pan, si en la tentación eran piedras convertidas en panes, en el segundo será pan convertido en Él mismo, en el propio Cristo, el pan que alimenta para siempre de la Eucaristía. Y es en ella, donde encontraremos la fuerza para dar el pan y la palabra al que no los tiene.

La segunda tentación cambia de escenario, en lo más alto del Templo de Jerusalén. Se nos presenta al diablo como un teólogo conocedor de las Escrituras: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le respondió: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». La tentación recuerda a la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro que cuenta Lucas en la que aquel, ya muerto, pide a Abraham que alguno de los muertos se presenten a sus hermanos, también ricos, para que se arrepientan y Abraham le responde: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”. Cristo no nos ofreció una realidad más evidente que la que esta posee, no dio más prueba que su propia vida culminada en lo alto del templo del cruz, donde abandonado, fracasado y moribundo volvió a escuchar la misma tentación: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo», pero de su boca sólo salieron palabras de perdón. Y cuando llegó su hora definitiva, «el sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró». Sí, la única prueba es seguirle encomendados al Padre y vivir la experiencia de su yugo suave, de su carga ligera, aunque el camino te lleve a la cruz.

En la tercera, en una montaña muy alta, el diablo «le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: Te daré todo esto, si te postras para adorarme. Jesús le respondió: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto». Es la gran tentación, usar nuestro poder dominador para salvar al mundo, cuántas veces habremos caído en ésta, cuántas veces hemos puesto la fe al servicio del poder y como consecuencia la fe se ha retraído. Y sin embargo, Cristo nos propone el camino inverso, no afirmarnos en nuestro poder sino negarnos, no el dominio sino el el servicio, el poder débil del Dios que se puede falsear, que se puede apresar, que se puede matar, pues sólo tiene la fuerza del amor, la fuerza del perdón en el que el perdonado y el que perdona se reconocen como hijos de Dios y se encuentran.

Cuando los cristianos damos pan sin Dios, erramos, cuando predicamos un dios agradable al mundo y que niega al hombre, idolatramos, cuando usamos el poder dominador para traer el Reino de Dios, es más, cuando ofrecemos el cristianismo como medio para conseguir el paraíso material aquí en la tierra, engañamos. Cristo lo que nos trajo fue a Dios y con su muerte, el Reino de Dios es ya, aquí, ahora, el tiempo de las bendiciones ya está aquí: el reino del que confía y se libera del miedo, el reino de la esperanza contra toda esperanza que nos permite caminar alegres sin tregua, del amor que nos lleva al perdón.

Y así, aunque el Mundo nos derrotara, nos abandonara o nos matara como a Cristo en la Cruz, el Mundo no tendría la última palabra porque entonces Dios daría órdenes a sus ángeles, y ellos nos llevarían en sus manos para que no tropezáramos con ninguna piedra y alcanzáramos la nueva vida porque, en el fracaso de la cruz, Cristo ya triunfó y nos regaló, ya para siempre, la vida eterna y allí conocer a Dios.


P.D.: ya sabéis los que alguna vez me habéis leído que he escrito varias veces sobre las casualidades. Cuando terminé este artículo sonaba la versión que Jeff Lynne hacía de la canción de George Harrison Give me Love: Dame Amor/dame paz en la tierra/dame luz/dame vida/ mantenme libre desde mi cuna/dame esperanza/ayúdame a soportar esta pesada carga/intentando tocarte y alcanzarte/oh mi Señor/por favor, agarra mi mano para poder comprenderte/¿No lo harás?

Juan Pablo Navarro
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Despacio que no lento – 22

Si algo admiro de la Andalucía que me vio nacer es la sabiduría del hacer despacio que no lento. Despacio es el tiempo que necesita lo importante, lo vital, lo trascendente. Lento es ir a una velocidad menor de la que el arte necesita. Despacio es el tiempo en su justa medida, en la medida de la eternidad. Y, por ello, cuando llega, su presencia es tan clara y conocida para el alma sensible que siente que el tiempo se detiene.

A todos se nos viene a la memoria los lances tópicos, mil veces aprehendidos: el pausado movimiento del capote, el cadencioso andar de los pasos de Semana Santa, el infinito ay de una soleá; la respiración tranquila, la frase clara, la oración sentida; la mirada, el oído, el paladar atento; el amor despacio, el trabajo hondo, la muerte en calma.

Despacio no es pereza, no es indolencia, no es desidia, es más bien el supremo esfuerzo, la mayor sabiduría, la senda difícil que lleva a lo perfecto. Porque lo que merece hacerse despacio son los actos supremos de belleza, de amor, de vida que habitan en lo más sutil, en lo más débil, en lo más estrecho. Despacio no se mueve cualquiera, sólo el tocado por la gracia. Sí, el tocado por la gracia, el más distinguido calificativo que un sevillano puede pronunciar: ¡qué gracia tienes!

Pues sí, aquí, deprisa, en este efímero medio, te halago, te añoro y te deseo, y algún día espero si no tenerte, al menos, contemplarte.

Juan Pablo Navarro
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